viernes, 22 de mayo de 2009
Son muchas las veces que nos vemos limitados en nuestras acciones por terceras personas. Cuando somos pequeños esta negativa viene dada de manera explícita y directa ("Niño, no toques eso" "No vayas por ahí" "En casa a las nueve"), nuestras acciones son limitadas por nuestros adultos, por aquellas personas que tienen la autoridad en nuestra vida, por nuestros educadores.

Esta simple verdad no es algo que se quede estancada en la infancia y adolescencia, sino que evoluciona, se vuelve más sutil, más sofisticada. Cuando uno ya tiene cierta edad, cuando ya se considera adulto, se supone que sus acciones son libres, que es la propia persona la que, ante un hecho, sopesa las diferentes opciones, reflexiona y toma una decisión madura sobre qué hacer. Ese sería el ideal, está claro, pero la vida no es tan sencilla, o los humanos no la hacemos tan sencilla. Ya que al igual que en nuestra edad temprana había personas que se dedicaban a controlarnos y ponernos límites, en nuestra vida adulta también encontraremos esas personas, las cuales quizá no se han dado cuenta de dos cosas:

La primera, que ya no somos unos niños, que se nos puede hablar con objetividad y haciéndonos razonar, y que la mejor manera de cuidar de alguien es estar a su lado cuando se equivoque, por sus propias decisiones. Es decir, que ya no tiene sentido ese control infantil que se ejerce en la infancia, ahora las relaciones tendrían que evolucionar, simplemente.
La segunda es diferente. La segunda va sobre esas personas que no han aprendido algo importante: cada persona es libre de hacer lo que quiera, mal que nos pese. Y eso va más relacionado con el tema de este artículo. Si hay algo cierto para ser mínimamente feliz es que no podemos intentar controlarlo todo, no podemos vivir en un microcosmos artificial en el que nosotros somos los artífices supremos. No, nosotros sólo somos una variable más, una persona más entre ese mar de personas con las que nos relacionamos cada día. Tenemos que respetar las acciones del otro cuando no estén en consonancia con nuestras ideas, o con lo que nosotros pensamos que se "tendría" que hacer. Con esto no quiero decir que no contemos con los demás para hacer planes, es más simple, me refiero a que no podemos pedir cuentas a los demás porque quieran hacer algo diferente a nosotros, o porque sus planes no encajen en los nuestros.

Al fin y al cabo también se trata de otra cosa: no depender de los demás. Imaginemos una situación tipo, muy sencilla:

"Miguel es muy amigo de Juan y suelen quedar a menudo para pasar tiempo juntos, compartiendo su afición a los videojuegos. Miguel acaba de comprarse un juego nuevo y tiene muchas ganas de probarlo con su amigo. Nada más llegar a casa decide llamarlo para que se venga a su casa esa misma tarde. Lamentablemente Juan le informa de que esa tarde tiene visita en el médico y no podrá ir. La reacción de Miguel es negativa, la hora del médico se puede cambiar y para él probar el juego es muy importante. Aprecia mucho el tiempo que pasa con su amigo y lo valora como algo importante en su vida, por eso no entiende que Juan sea tan egoísta de no poder cambiar la cita del médico para contentarlo. Miguel contesta de mala manera a Juan y le cuelga, enfadado"

Simple pero claro. La actitud de Miguel nos puede parecer infantil y desmesurada, pero es una reacción que se da muy a menudo entre las personas, aunque de una manera más elaborada y sutil. Si nos fijamos en la historia, cuando Miguel llama a su amigo ya ha decidido que éste iba a venir, es decir, había imaginado cómo sería esa tarde, se había creado expectativas (muy positivas por cierto). Por eso ante la negativa de su amigo reacciona así de mal, él ya había imaginado todo acerca de esa tarde y se había sentido bien por ello antes de tiempo. Para él es su amigo el que no quiere ir, su motivo no está justificado, porque si son amigos lo primero es él. Miguel se siente muy mal por la rotura de sus esquemas, por ese buen plan que se ha ido al traste. Si no quiere sentirse mal tiene que trasladar esa culpa a otro, tiene que culpar a su amigo para así dejar de sentirse mal y empezar a sentirse enfadado, una emoción mucho menos lesiva para el autoestima. Su amigo tiene la culpa, ha antepuesto su visita al médico a probar con él ese maravilloso juego. ¿Cómo es posible que le haga eso su amigo, encima de que él había pensado en que fuera el primero en jugar? Este tipo de personas lo transforman todo en su interior para que los demás sean los causantes de sus males, de sus reacciones desmesuradas.

Y es que de eso se trata, de una reacción exagerada. El principal problema es que estas personas no lo viven así, realmente Miguel lo vive cómo una traición de su amigo, cómo que ha antepuesto ir al médico a estar con él. Pero si lo analizamos desde fuera vemos lo exagerado de esta afirmación.
Partimos de la base de que Juan tiene vida propia; sí, Miguel es su amigo, pero sólo le dedica una parte de su tiempo, hay más cosas en su vida. Juan tenía un problema y por eso iba al médico. Miguel no se ha preocupado, si quiera, en preguntarle por qué iba al médico, si iba solo, etc. Solamente ha visto que le estaba fastidiando el plan, no se ha planteado que lo de su amigo pueda ser importante y que el juego puede esperar.
Estas personas tienen dificultades para aplazar el deseo, cuando quieren algo lo quieren ya. Y además necesitan un alto grado de control para sentirse seguras, lo quieren ya y de esta manera. Si la persona se culpara a sí misma por no conseguir lo que planea tendríamos a una persona depresiva, que se culpabiliza y entristece por los fracasos personales. Si como en este caso, la persona deforma la situación para culpar al otro la cosa cambia, ya que no se sentirá triste, se sentirá ofendida y contrariada, brotará el enfado.

Y de ahí es de dónde surge uno de los miedos a decir "No", las personas que interactúan con estos deformadores profesionales pueden llegar a creerse responsables del sufrimiento que muestran, sin darse cuenta de todo lo que antes he explicado. Por eso no dudan en complacer al deformador en todo lo que pide por miedo a causarle tristeza o enfado. Es, en cierta manera (aunque seguramente inconsciente), una clase de chantaje emocional. Si la persona es poco allegada lo más probable es que el otro no se sienta culpable y simplemente acabe enfadándose también y rompiendo la relación. Pero si la persona es del círculo familiar o íntimo la cosa se complica ya que puede entrar en el juego y en la espiral de culpa y no salir nunca.

Lo más apropiado para cuando nos encontremos con una de estas personas es hablarlo. Intentar hacer ver al otro, con objetividad, la situación. Intentar ayudarlo a graduar esa visión del mundo para hacerle entender lo que realmente es importante y lo que no. Y sobretodo hacerle entender que ese suceso no tiene tanta importancia y que no puede ponerse así por algo tan poco importante. Eso sí, intentando no faltar al respeto y procurando que la otra persona no se sienta atacada porque si no la conversación degenerará hacia el enfado o el llanto.

En definitiva, estas personas existen y hay que intentar no dejarnos arrastrar por su visión deformada del mundo, tenemos que intentar no caer en su trampa de la culpa y reflexionar sobre nuestros actos, responsabilizándonos de lo que realmente somos autores y no atribuyéndonos aquello que no depende de nosotros. El objetivo es ser más libres, más capaces y, por qué no, más felices.


Comentarios (2)  Autor asturel  | Enviar
Comentarios
Autor GORRE
lunes, 25 de mayo de 2009 | 16:47
Muy interesante el texto.

-suspiro- ojala lo hubiese tenido hace 8 años
Autor asturel
lunes, 25 de mayo de 2009 | 22:49
Qué paso hace 8 años??
Me alegro de que te guste el texto, es todo mío, sin nada de fuentes.