"Hace escasos minutos hubiera empezado un discurso de lo más triste, una ráfaga de andanadas de esencia de depresión; pero no exagero, hasta hace escasos minutos me sentía realmente mal. En un profundo pozo, sucio y desaliñado, de angostas y mohosas paredes. Con un agua pútrida y helada cortándome la carne hasta el ombligo, las manos magulladas de intentar salir y más de una uña desgarrada contra la dura roca que no me dejaba trepar por ella. ¿Qué ha ocurrido entonces, debes preguntarte, para que finalmente no haya proferido esa letanía de lamentos y quejas? Pues sencillamente el mismísimo Dios ha venido a rescatarme, ha descendido volando y me ha arropado con su cálida luz. Me ha estrechado delicadamente con sus brazos y ha enjugado mi rostro en su túnica de lino. Su voz me ha tranquilizado, acariciando mi piel suavemente. “Todo irá bien –me decía -, ven, deja que te saque de aquí. Te llevaré donde debes estar, a mi lado”. Y así hemos ascendido en una vorágine de luz y aire que nos impulsaba con fuerza hacia los cielos. Cuando hemos llegado muy arriba, sobre el horizonte, cuando vastas extensiones de tierra parecían cuadros pintados al óleo, entonces he podido ver su cara, iluminada por el poderoso sol. Entonces me he visto reflejado, su cara era la mía y no dejaba de sonreírme con una mirada de infinita comprensión. “Debes regresar ahí abajo –me ha dicho con tono quedo y sosegado –debes volver para retomar lo que has dejado a medias”. Y un hormigueo fresco me ha sacudido la espalda al tiempo que mis ropas se rasgaban y de mi interior surgían unas enormes alas negras, de brillantes y aterciopeladas plumas. Las he batido con fuerza, sintiendo el aire acariciándolas, como si siempre hubieran estado conmigo. Entonces he inclinado mi cabeza mirándome, dirigiendo mi gratitud a ese Dios que estaba frente a mí, para después volver a descender a la tierra, para escribir estas palabras.
Así es, hasta hace escasos minutos estaba triste. Y lo que te he relatado es una ensoñación que algo que he leído me ha provocado. He recurrido a la lectura de algo que escribí hace no mucho tiempo, en un momento en el que también estaba profundamente triste y perdido. Y tras escribir una serie de lamentos comencé a hacer referencia a mi Yo-Dios y acabé muy animado. Pues ahora con la simple relectura de dichas palabras me he imbuido fuerzas y ánimos. Y en efecto, Dios ha acudido en mi ayuda.
Rescatado de una carta escrita en el pasado (8 de junio de 2006)
Comentarios (0)
Autor
asturel
|
Enviar