He de explicarte algo, aún a riesgo de que no quieras si quiera escucharlo dado que hace demasiado que no me digno a escribirte. Lo se, la culpa es sólo mía, he estado demasiado liado estos últimos meses. Pero ahora me siento más en disposición de relatarte las cosas que me ocurren, las extrañas casualidades de los hechos que a veces presencio.
Esta mañana me he dispuesto a viajar al centro de la ciudad por motivos que no vienen excesivamente al caso, aunque singularmente se relacionen con lo poco convencional de lo que voy a relatarte, o sobre lo que te voy a hacer mención. Para llegar a mi destino he de coger el tren. Como bien sabes, la estación no está precisamente próxima a mi domicilio por lo que primero tengo que desplazarme hasta allí en coche y estacionar en un descampado de tierra que está frente a la misma.
Hoy ha habido un hecho que me ha helado parcialmente la sangre, que me ha robado la atención durante largos instantes. Llegaba yo al susodicho descampado, en el cual había ya un puñado de coches bien estacionados en batería, desperdigados aquí y allá como si hubieran pasado la noche en ese frío lugar, cuando una masa de metal oscurecida por el hollín y el tizón, que descansaba sobre la tierra húmeda y ennegrecida, me ha capturado por completo. Irremediablemente he reducido la marcha, deteniendo casi por completo el vehículo, para poder observar mejor lo que acababa de aparecer ante mis ojos.
Lo que quedaba del chasis aún hacía sobrentender que se trataba, o se había tratado antes de la horrible combustión, de un coche. No quedaba cristal intacto, en ninguna de las puertas ni en las lunetas, no había, si quiera, el del techo solar que el coche poseía.
Un coche calcinado, ¿qué tiene de extraño?
Bien, querido amigo, no se trata solamente de un coche calcinado, eso es lo que un ojo inexperto, adormecido, poco dado a la investigación de lo oculto y a las vicisitudes más infrecuentes de la vida, es dado a pensar en primer y último momento cuando presencia un suceso de esta índole.
Lo que debería llamar tu atención, y que sin duda reclamó la mía, no es el hecho en sí, escrito en palabras simplificadas y llanas, sino los detalles más profundos que pueden apreciarse cuando uno decide, al fin, bajarse de su vehículo y acercarse a inspeccionar el hecho.
Se trataba, sin duda alguna, después de hacer un esfuerzo mental por averiguarlo, de un coche para nada prescindible. Porque muchas veces esta curiosidad cae en picado cuando uno se percata de que el transporte que ha sido reducido a un amasijo de hierros humeantes no es más que un desfasado o ruinoso coche. En esos casos no es de extrañar que la gente pase sin más por su lado, sin sorprenderse más de lo necesario por el suceso. En cambio éste que yacía frente a mí no era de ese tipo, sino que se trataba de un coche de gama más bien alta, un BMW serie 1, si no me equivoco. Un coche que así, sin tirar demasiado alto, no debe valer menos de los veinticinco mil euros, lo que son casi cinco millones de pesetas. Es por eso que me he preguntado el por qué de que un coche de estas características estuviera en ese estado sin motivo aparente.
Las llantas de aluminio todavía podían distinguirse, con el logo de la marca en el centro. Los asientos, antes cómodos, eran ahora solamente una silueta negra. Y el color de la carrocería era un enigma más ya que el color metálico marronoso era el único que todavía conservaba.
La pregunta que me ha sobrevenido es: ¿qué había en el interior de este coche? o ¿qué había habido? Sin duda algo lo suficientemente horrible como para querer borrar toda huella de su paso por el mismo.
En fin, me despido ya, con esta reflexión que sin duda no encontrará respuesta, pero eso, amigo mío, es lo de menos, ambos lo sabemos.
Te adjunto una fotografía del coche, para que puedas apreciar lo que bien he dicho anteriormente.
Cuídate.