Marty se despertó violentamente, cayendo de espaldas y golpeándose contra el suelo. La luz del día entraba pesadamente por la ventana. A sus pies estaba volcada la silla del escritorio. El chico se llevo la mano a la nuca y a la espalda y comenzó a darse una friega. Se había dado un buen golpe. Los dedos de la mano le dolían y los tenía enrojecidos. No entendía nada. Se levantó y puso la silla en su sitio. El escritorio tenía los libros de bachiller encima, rebuscó entre ellos pero no encontró nada.
Se sentía cansado, los ojos le dolían un poco y tenía todos los músculos cargados. Fue al lavabo y se miró en el espejo. Tenía mal aspecto, comenzaban a asomar una ojeras bajo sus ojos. Era como si no hubiera pegado ojo en toda la noche... Aunque no le extrañaba, con esos sueños que últimamente le estaban asediando nadie sería capaz de dormir.
Se lavó la cara y bajó a desayunar algo. Se sentó en la gran mesa con un café con leche y unas magdalenas. No tardó en devorarlas. Se quedó unos minutos pensativo, absortó en sus cavilaciones.
Aquellos sueños... el de aquella noche parecía una macabra continuación del que había tenido el día anterior. Enterrado vivo... que horror. No sabía que era peor... si cuando lo enterraron sin caja o con ella, recordaba la tierra entrando en su boca, en su nariz, a cada intento por respirar. Un escalofrío le recorrió la espalda y lo devolvió al mundo real. Se levantó y llevó las cosas a la cocina. Pensó que tarde o temprano se tendría que poner a fregar todo aquello.
Subió a la habitación y preparó la ropa que se iba a poner. Después fue a la ducha y se desnudo. Se observó en el espejo, se puso a sonreír y empezó a poner caras y hacer el tonto. Después se metió en la ducha.
Abrió el grifo y el agua empezó a salir, primero fría, luego caliente. Empezó a pensar de nuevo en todo el asunto. Los despertares repentinos en el escritorio, con los dedos doloridos, como si hubiera estado escribiendo toda la noche... Había algo que se le escapaba. Pero no sabía el qué.
Empezó a sonar el despertador.
-¡Mierda! –dijo el enfadado- La ley de Murphy, siempre pasa igual.
Cerro el grifo para salir de la ducha, pero en cuanto lo cerró el sonido de la alarma desapareció. Marty no cabía en su asombro, ¿se habría estropeado? Demasiada casualidad ¿no?
De momento no pensó en ello y acabó de ducharse. Al salir se envolvió en la toalla y fue a comprobar el despertador.
Los numeritos se veían, no se había apagado y parecía funcionar. Apretó todos los botones para hacer sonar la alarma. Ésta empezó a sonar con normalidad.
-Qué extraño... –se dijo- esto no es normal.
Se vistió e hizo al cama. Apagó el televisor y el DVD y ordenó un poco la habitación. Lo preparó todo para parcharse, cogió algo de dinero y se marchó con la bicicleta hacia el pueblo.
A ver si esta vez tenía la suerte de encontrar algo interesante. El archivo estaría todavía abierto y podría comenzar a indagar sobre aquella extraña casa. De momento sabía que al menos dos familias la habían habitado: Los Hartwell primeramente y los Fenton después. De la familia de Hellen, los Osgood, no había encontrado ninguna relación con la casa ni con ninguna de las otras dos familias. Era la hora de encontrar respuestas...
Cogió su bici y se marchó hacia el pueblo, tranquilo por conocer ya el camino y seguro de que esta vez no se perdería.
Hacía un día espléndido, el cielo estaba límpido y despejado, de un color azul claro uniforme. El sol caía con calurosa alegría sobre el joven, que pedaleaba a toda velocidad por vieja y mal asfaltada carretera. A lo lejos divisó las primeras casas.
Fue directamente hasta el ayuntamiento dónde le indicaron en qué lugar se hallaba el archivo del pueblo.
Gracias a la historia del estudiante de periodismo no le pusieron ningún impedimento en acceder a la hemeroteca. Allí comenzó a trastear las publicaciones de hacía un año del periódico local. Le llevo un buen rato pero al final encontró una pequeña columna referente al caso de los Fenton.
En ella se hacía alusión a la excentricidad del caso, a como todos habían desaparecido sin dejar rastro, sin llevarse sus cosas; y lo que era más sobrecogedor, a como había encontrado la policía la mesa puesta, la lavadora llena de ropa, las tostadas hechas en la tostadora, el café frío sobre la mesa... La policía no había podido hacer nada, la investigación rápidamente llego a una calle sin salida y el caso cayó en el olvido de las autoridades.
Le llevó algunas horas de búsqueda pero encontró otro artículo, uno breve, que hablaba de un pleito en los Fenton y un hombre llamado Allan Hartwell.
-¡Bingo! –pensó Marty- Por fin alguna relación palpable entre ambas familias, además de la casa.
Al parecer el viejo de unos ochenta y pico años afirmaba que él era el verdadero propietario de la casa, cosa que no podía demostrar, y con esa idea se metió en tribunales contra los Fenton, intentando recuperar su casa. Marty supuso que la cosa había acabado mal para el viejo Allan.
Mientras el chico estaba leyendo esta información se le acercó uno de los empleados, avisándolo de que tenían que cerrar para comer, que más tarde se podía volver a pasar si deseaba seguir buscando cosas.
Marty asintió y dejó el lugar.
Decidió marcharse, antes de comer, a hacer tiempo al cementerio, a ver si encontraba alguno de los implicados...
Era un recinto no muy grande, cercado por una gruesa tapia. A la luz del sol los cementerios no impresionan absoluto, y uno tan pequeño que aquel... mucho menos.
Marty entró y se dirigió al guarda de la caseta.
-Disculpe –dijo con voz queda.
El hombre estaba sentado en un taburete, reclinado apoyándose en la pared, leía el periódico y tenía puesta la radio. Era un hombre delgado, de casi unos cincuenta años. Sus arrugas podían verse enmarcándole los ojos, lucía un espeso y grisáceo bigote que le tapaba casi todo el labio superior. Estaba muy enfrascado en su lectura y no había oído a Marty.
-Disculpe –insistió el chico.
El hombre soltó un carraspeo y se agitó en el taburete del sobresalto; dobló rápidamente el periódico, haciendo mucho ruido, y se puso de pie.
-En qué puedo ayudarte muchacho –preguntó el guarda.
-Bueno días –saludó educadamente-, ¿está enterrada en este cementerio la familia Hartwell?
El hombre no pudo reprimir su cara de asombro, la gente no solía preguntarle esas cosas... los familiares siempre sabían dónde estaban enterrados sus seres queridos. Así que el hombre desconfío.
-¿Qué te trae por aquí, jovencito? –preguntó el guarda.
-Vengo a visitar a un familiar.
-¿No debería un familiar saber dónde esta enterrada su familia? –preguntó agudamente el hombre, sin dejar de mirar las reacciones de Marty.
-Verá es que son unos tíos lejanos –se excusó el chico.
-Ah, entiendo... –dijo el hombre sin estar convencido.
Se levantó y fue hasta un armario, de dónde comenzó a mover trastos, haciendo bastante ruido. Al cabo del rato volvió con un grueso libro en las manos, lleno de polvo. Lo dejó sobre la mesa y lo abrió, empezó a pasar páginas y a mover el dedo con rapidez por encima de las mismas. Se detuvo en un trozo de la hoja.
-Aquí está –exclamó-. Cladros y Dorothy Hartwell. En la calle trece, es un pequeño mausoleo.
-Muchas gracias –dijo Marty sonriendo.
-Muchacho –le apremió el guarda-, cuidadito con lo que hacemos ¿eh?
Marty asintió y salió de la caseta.
El cementerio por dentro estaba bastante bien, una serie de caminitos que iba en todas direcciones. Desperdigados por las zonas verdes había cipreses y otros árboles.
El chico comenzó a caminar hasta la calle trece. La mayoría de tumbas que veía eran modestas, sepulcros de mármol elevados del suelo o simples placas situadas en el suelo. También había algún pequeño mausoleo, de estilo gótico, que destacaba sobre el resto como los rascacielos en un barrio de casas bajas.
La calle trece no era diferente, lápidas sencillas, placas en el suelo... y el mausoleo de los Hartwell, al final de la calle. Era todo de mármol, deslucido en parte por el paso de los años, pero igualmente bello. Un par de ángeles custodiaba la entrada.
Marty los observó desde abajo, tenían miradas distintas, el de la derecha lucía una expresión de compasión, casi triste, suplicante. En cambio el otro tenía una mueca de irá, de acusación, de notable enfado ante lo que estaba juzgando. El chico soltó un soplido por la intensidad de aquella cara y entró en el interior. No había puerta, el polvo, la tierra y algunas hojas secas se habían colado desde hacía tiempo y ahora el suelo se veía deslucido y sucio. Era un diminuto vestíbulo, en que podía leerse una placa de condolencia y recuerdo hacia la familia, escrita y firmada por el mismísimo Allan Hartwell, en memoria de sus padres. Por las fechas, la madre había muerto en el mismo año que él, quizá cuando nació, el padre murió mucho más tarde, cuando Allan tenía unos treinta. No ponía las causas, como es natural.
Al fondo había una verja. Marty se acercó y comprobó que detrás había unas escaleras que descendían, seguramente hasta dónde se hallaba el sepulcro.
El chico tiró de la verja, estaba cerrada con llave. Volvió sobre sus pasos y salió del mausoleo.
Abandonó el cementerio y fue hasta la plaza del pueblo en busca de algún bar o algún restaurante en el que llenar el estómago. No le costó mucho trabajo encontrar uno, y allí se quedó a comer.
El lugar era familiar y entrañable, comió de maravilla y se alegró por haber tenido tanta suerte al encontrar aquel lugar. Una vez terminado, después de pasar un buen rato descansando y leyendo el periódico, volvió a ir hacia la hemeroteca, dónde prosiguió con sus pesquisas.
Esta vez tenía toda la tarde hasta que cerraran así que se armó de paciencia y empezó a nadar entre la ingente cantidad de datos que aquella hemeroteca guardaba. Varias horas de búsqueda le llevaron a encontrar algunos datos interesantes.
Resultaba que la casa de los Hartwell había sido embargada por una serie de deudas, y cuando eso ocurrió el señor Cladros ya había muerto, por lo que todo había sido culpa de Allan. Por eso se marchó del pueblo y no volvió hasta varios años más tarde. Cuando encontró a los Fenton viviendo en su antigua casa, decidió hacer desaparecer todos los datos relacionados con el embargo y tratar de recuperarla por vía judicial. Pero le descubrieron y le metieron en la cárcel. Cuando salió ya se le perdió la pista, se cree que volvió a marcharse. Si todavía siguiese vivo tendría noventa y tres años. Por lo que sería poco más que un viejo decrépito e inofensivo. A Marty le parecía imposible que un anciano de noventa y dos años hubiera acabado con los Fenton, así que descartó esa posibilidad.
Nuevamente, no encontró ninguna relación con la familia de Hellen... ¿sabría ella toda la historia, y que la casa estaba deshabitada y por eso lo había llevado hasta ella para que la habitara?
Marty recogió sus cosas y se marchó a casa. Cuando salió de la hemeroteca eran ya más de las siete de la tarde y no faltaba mucho para que oscureciera.
Cogió su bici y comenzó a pedalear. En el camino, llegó a un punto en el que tenía que atravesar un puente de esos que cuelgan, de madera, ya lo había hecho las otras veces, pero esta vez observó que uno de los puntos de sujeción se había roto y el puente colgaba de una de las esquinas. Pensó que quizá sería peligroso cruzarlo pero... la verdad es que no veía ninguna otra forma de hacerlo, si se arriesgaba a dar un rodeo quizá se perdía, así que se armó de valor y empezó a cruzarlo con la bici al lado.
El puente crujía y las cuerdas, secadas por el sol, chasqueaban amenazando con romperse en cualquier momento. Marty miró abajo, un cauce de río seco, lleno de piedras.
-Mejor no caerme –pensó-, nadie sabe que estoy aquí y si me pasase algo seguro que la palmo aquí olvidado.
Acabó de cruzarlo finalmente y soltó un soplido de alivio. Volvió a subirse a la bici y acabó de hacer el camino hasta casa
Holas! la he escrito justo después de publicar la catorce, pero no era plan de publicarlas las dos seguidas... por eso he puesto que se publique hoy a las tantas, no es que sea tan friki (que lo soy, pero hoy no es el caso
) de haberme quedado hasta las tantas escribiendo... Bueno, espero que guste, la historia puede ir poco a poco, y quizá no pasen grandes cosas, pero es que si quiero escribir algo largo tengo que ir desarrollando la historia poco a poco, no todo puede ser acción y muerte
. Bueno, besos!