Rebuscó por los cajones y armarios de la cocina en busca de algo comestible, pero no hubo suerte. Seguramente tendría que ir al pueblo a comprar cosas. Así que antes de nada se fue a la habitación a revisar el dinero que había dentro de la caja. Encontró que dentro del recipiente de hojalata había mucho más de lo que hubiera pensado.
- ¡Joder! ¡Aquí hay más de tres mil euros! –exclamó después de contarlo- Supongo que es algo que tenía guardado para una emergencia, y no hay duda de que esto lo es –dijo riendo.
Marty volvió a dejar la caja sobre el escritorio y fue al cuarto de baño a darse una ducha. Se sentía bastante sucio... la verdad es que no era nada cómodo estar en su piel después de haber caminado por una gruta inundada de agua cenagosa y después de habérsele abalanzado encima una bestia grimosa y con olor a pescado podrido. Sí, pensó que primero se lavaría un poco y después iría al pueblo a comprarse ropa y comida. Se desnudó y entró en la bañera. Abrió el grifo con la alcachofa de la ducha apuntando al desagüe y esperó hasta que comenzase a salir agua caliente. Empezaba a tener frío en los pies cuando reparó en la cuenta de algo.
- Mierda, seguro que está apagado el calentador –dijo en voz alta-. Bueno, eso en el caso de que haya calentador... me cago en todo como no haya.
Salió de la bañera con los pies mojados y miró en el armario que había en el lavabo. Por suerte en él había una toalla limpia con la que pudo secarse los pies. Se la enrolló al cuerpo y bajó las escaleras en dirección al sótano. La puerta que daba al mismo estaba algo gastada y el pomo tenía el esmalte saltado. Marty lo hizo girar y tiró de la puerta, la cual se abrió con un sonoro chirrido. Buscó el interruptor de la luz y la encendió. Bajó por los peldaños de madera, que crujían cada vez que posaba un pie sobre ellos. La verdad es que era un nido de mierda, lleno de trastos y cajas enmohecidas. Pasó como pudo a través de ellas y llegó hasta la caldera, una eléctrica. Abrió la tapa de los mandos e intentó descifrar su funcionamiento. Tras unos cuantos intentos de tocar botones la caldera se encendió y se escuchó un sonido seco al dejar entrar el agua en su interior para calentarla.
- Bueno, esto tardará un rato en calentar el agua, será mejor que chafardee un poco -pensó.
Se puso a mirar a su alrededor intentando encontrar la bicicleta que Hellen le había nombrado. Apartó unas cuantas cajas y en un rincón, debajo de una sábana blanca amarilleada por la humedad la encontró. Era sencilla, ni siquiera tenía marchas, pero al fin y al cabo le haría el servicio. Así que no se lamentó. La cogió y la llevó hasta las escaleras. Cuando comenzaba a subirlas escucho un ruido extraño, como de algo arañando la pared. Se giró de repente hacia dónde provenía el ruido, pero éste cesó de inmediato y allí no se veía nada. Marty volvió a encarar la escalera y subió algunos peldaños. El ruido volvió a escucharse, esta vez de manera más insistente y con más fuerza. El muchacho dejó caer la bici y se giró lo más rápido que pudo. Localizó el ruido al final del sótano, se acercó rápidamente hacia él, pero a medio camino los arañazos pararon. Inspeccionó la pared y el suelo pero no vio nada sospechoso. La pared estaba hecha de madera y el suelo de tierra. Pensó que sería algún animal, las tuberías o vete tu a saber que otra cosa sin importancia. Procuró que ni se le pasara por la cabeza la posibilidad de que fuese algo horrible. Así que sin mirar atrás recogió la bici del suelo y subió decidido hasta el piso de arriba. Fue a dejar la bici al porche de la casa y volvió a entrar. Subió al cuarto de baño y una vez en él se metió de nuevo en la bañera.
- Bien, la prueba de fuego –se dijo a sí mismo antes de abrir el grifo.
El agua salió tan fría como antes pero a los pocos segundo comenzó a estar caliente, así que el chico respiró aliviado y se duchó tranquilamente.
Cuando terminó se secó y se vistió, muy a su pesar, con la misma ropa que había llevado el día anterior.
Antes de marcharse aprovechó para inspeccionar la casa por completo. Aparte de la habitación que él y Hellen habían usado la casa tenía otras dos algo más pequeñas, pero igualmente grandes. En una de ellas había ropa de cama y mantas en el armario, la cama estaba sin preparar y dentro del armario no había ropa de vestir. Era muy sencilla, contando sólo con un gran armario, la cama y una mesita de noche. La otra habitación tenía la cama hecha. Había una estantería llena de películas de DVD y algunos libros. Marty repasó la videoteca y descubrió algunos títulos que le gustaban mucho. Abrió el armario que había cerca de la cama y vio que en su interior había cantidad de ropa de chico, con un poco de suerte de su talla. Sacó una camiseta y se la probó. Estaba de suerte, la ropa le venía. Decidido, se instalaría en esa habitación, la otra era demasiado grande y tampoco tenía nada que le gustase demasiado. Enfrente de la cama, colgada de la pared con un soporte, había una tele de unas quince pulgadas y debajo un aparato reproductor de DVD. Marty no puedo reprimir una sonrisa, al menos podría ver películas por las noches. También había un escritorio y algunos libros de texto sobre ella. Eran de bachillerato. ¿Serían todas esas cosas de Hellen? Se preguntó el muchacho. Quizá eran de cuando iba al instituto, quizá esta era su habitación. Razón de más para quedarse en ella y dormir en su cama. Pero... la ropa del armario era de chico... ¿Acaso tenía Hellen un hermano? Marty levantó la tapa del libro de biología que había cerca suyo.
- “Joseph Fenton” –leyó en voz alta- Qué extraño, Hellen se apellida Osgood...
Un pitido tenue comenzó a sonarle en los oídos, y poco a poco creció de intensidad hasta volverse muy molesto. El chico se mordió la lengua pero no se le pasó. Un escalofrío le recorrió la espalda y entonces soltó la tapa del libro. El sonido cesó de inmediato. Marty se quedó algo conmocionado. Otra vez esa extraña sensación... sólo que más intensa, algo ocurría en aquella casa. Salió de la habitación y fue hasta las escaleras que llevaban al desván. Miró hacía arriba, estaba muy oscuro. Buscó el interruptor cerca suyo y le dio. Lo subió y bajo repetidas veces pero parecía no funcionar. Fue hasta la habitación a coger la linterna y regresó con ella encendida. Comenzó a subir las escaleras y en poco estuvo arriba.
Movió el haz de luz de la linterna de un lado a otro, revisando lo que allí había. Más trastos, cajas polvorientas y grandes bultos cubiertos con sábanas blancas. Le vino un mal recuerdo a la cabeza, la habitación de las sábanas en la mansión. Volvió a estremecerse, aquello sí que fue aterrador, todavía tenía la duda sobre que debía ser aquella cosa que se arrastraba hacia la puerta, realmente prefería no haberlo averiguado. Sabía que el desván tenía ventana, pero no la veía. La buscó con la linterna, desde fuera de la casa la había visto, tenía que estar. Al fin la vio en un rincón al fondo, estaba cubierta con papeles de periódico. Caminó hasta allí sorteando las cajas y las sábanas y los quitó. La luz entró iluminando el desván, así que Marty apagó la linterna. Miró al techo, cerca de las escaleras había un porta bombillas sin la susodicha, en el pueblo compraría una. Abrió algunas de las cajas para ver que contenían, una estaba llena de platos y vasos. En otra caja encontró candelabros y cubiertos, y en otra manteles y cortinas.
- Vaya mierda –pensó-, aquí no hay nada interesante. Será mejor que me vaya a desayunar algo al pueblo y a comprar.
El chico fue hacia las escaleras cuando uno de los listones del suelo se hundió ligeramente bajo su pie con un chirrido. Marty se dio cuenta y levantó el pie. Debajo el listón en cuestión estaba algo combado y asomaba una punta. Se agachó y empujó con los dedos y picó sobre él, parecía que debajo había algo. Cogió uno de los cuchillos de la cubertería y lo metió en el resquicio que había entre las maderas, empujó con fuera y la madera crujió al partirse. Siguió empujando hasta que hubo sacado el listón. En efecto, había algo, pero estaba oscuro. Encendió la linterna y apuntó a su interior. Dentro había una pequeña caja de hojalata. Hizo espacio arrancando otro trozo de madera y metió la mano para sacarla. La caja estaba algo oxidada y la marca de lo que contenía ya era ilegible. El chico la abrió y en su interior encontró unos caramelos, una moneda antigua y una fotografía amarillenta. En ella salían un hombre de unos cincuenta años, con una cuidada y recortada barba blanca, vestido con un traje negro y corbata, de rostro afable y mirada amistosa. En sus rodillas estaba sentado un niño de unos diez años, vestido con pantalón corto y camisa blanca. Tenía cara de pillo y el pelo corto, y miraba a cámara con una amplia sonrisa. Marty le dio la vuelta a la foto para ver si tenía algo escrito, podía leerse con letra clara: “Henry y Allan Hartwell, 12 de Octubre de 1923”.
- Que extraño... –recapituló Marty- primero Fenton, luego Hartwell... y Hellen se llama Osgood. Los Fenton parece que hasta hace poco vivían aquí, ¿será esta la casa de sus tíos o algo así? No sé... la única forma de averiguarlo es ir al archivo del pueblo a investigar.
El chico, cogió la foto y se la bajó con él. Recogió las maletas que él y Hellen habían traído del piso y las llevó a la habitación de Joseph. Cogió también la caja con el dinero y todo lo que pudiera necesitar de ese cuarto. Fue sacando los libros de las maletas para después ponerlos en la estantería, bien ordenados. Cuando hubo terminado, guardó las maletas bajo la cama y tras coger algo de dinero de la caja salió hacía el porche a por la bici. Se montó en ella y comenzó a pedalear hacia el pueblo.
Tardó bastante más de quince minutos en llegar, teniendo en cuenta que se perdió un par de veces, aunque descubrió algunos claros en el bosque muy interesantes para ir de acampada. Más de una hora después de cuando salió de casa vio la primera casa del pueblo. Pedaleaba por una calle ancha, de asfalto gastado, en la que las casas estaban hechas de madera en su mayoría, aunque algunas de las más nuevas, justo a la entrada del pueblo, eran de ladrillos.
Llegó a la plaza del pueblo, donde se alzaba una enorme estatua de mármol que un par de hombres vestidos con mono azul estaban limpiando concienzudamente. Marty detuvo la bicicleta y miró en derredor en busca de alguna tienda dónde vendiesen comida.
Al otro lado de la plaza, detrás de unos bancos cobijados por árboles, había una pequeña tienda con un rótulo que anunciaba que vendían productos de alimentación. El chico volvió a darle impulso a la bici y se dirigió hacia allí. Había poca gente en la plaza, solamente un par de abuelos en un banco y dos mujeres con sus hijos que jugaban a la pelota. Marty no tubo ningún problema para atravesarla y al llegar a la puerta aparcó la bici junto a la entrada y entró.
Un suave tintineo sonó al entrar él y de inmediato la voz del tendero se escuchó a través de la puerta que había detrás del mostrador.
- Enseguida salgo –dijo la voz-, vaya mirando lo que quiere.
El chico hizo caso y hecho un vistazo a lo que la tienda ofrecía. Había un poco de todo, conservas, cereales, bebidas, aperitivos, pasta, legumbres, productos de limpieza e higiene... Marty cogió algunas cosas y las fue llevando hasta el mostrador, dónde las iba dejando.
Una mano asomó entre las tiras de colores que formaban una cortinilla en la puerta, apartándola. A ella le siguió un hombre muy mayor, de unos setenta años, que se situó detrás del mostrador con un caminar algo tambaleante. Tenía el pelo cano y la cara muy arrugada. Sus ojos se veían diminutos detrás de unas enormes y redondas gafas marrones. El anciano carraspeó con fuerza y se ajustó las gafas con la mano al tiempo que observaba mejor a Marty.
- ¿En que puedo ayudarte, jovencito?
- Querría comprar algunas cosas –dijo él mientras miraba las estanterías en busca de nuevas cosas que pudiera necesitar.
- Bien, ¿y que es lo que necesitas? –preguntó saliendo de detrás del mostrador y poniéndose a su lado.
Marty cogió un bote de champú, jabón, un cepillo de dientes, pasta dentífrica y un desodorante, además de la comida que ya había puesto sobre el mostrador.
El tendero hizo un repaso a lo que el chico había cogido, dio una vuelta por la tienda y volvió a ponerse detrás de la tabla de madera.
- ¿Ya esta todo? –preguntó el hombre.
- Sí, por hoy sí.
- Nunca te había visto por aquí –le comentó mientras iba contando cuanto tenía que pagar-, ¿acabas de llegar al pueblo?
- Así es, estoy de visita en casa de los Osgood –explicó Marty.
- ¿Quiénes? –preguntó el viejo dejando de contar.
- Los Osgood –repitió-, soy amigo de Hellen Osgood, la hija.
- Jovencito –replicó con voz amable mientras le miraba por encima de las enormes gafas, que se sostenían en la punta de su nariz-, vivo en este pueblo desde que nací, y como ya habrás notado eso fue hace mucho tiempo, y no conozco ningunos Osgood, es más, estoy seguro de que nadie llamado así vive en este pueblo.
- Bueno, quizá Hellen sea familia de alguien de aquí –intentó explicar-, creo que son los Fenton.
La cara del anciano se quedó petrificada, y tornó rápidamente a un semblante serio y preocupado.
- Muchacho –le dijo notablemente molesto-, ¿qué demonios estás diciendo?
- ¿Qué pasa? –quiso saber, preocupado.
- Ese nombre trae mala suerte nombrarlo. No vuelvas a decirlo.
- ¿Por qué? No entiendo nada.
- Esa familia desapareció hace un año, de la noche a la mañana... se esfumaron. Dicen que encontraron las camas deshechas y el desayuno en la mesa, recién servido... Sí, sin duda allí pasó algo raro. Es por eso que la casa esta abandonada, ni siquiera el ayuntamiento se plantea el adquirirla para volverla a vender.
Marty acababa de recibir un golpe terrible, ese hombre decía que no conocía a la familia de Hellen y que los Fenton habían desaparecido extrañamente. El anciano se limitó a bajar la vista y terminar de contar la cuenta. Después le indicó cuanto era lo que le debía. Marty sacó la cartera y le dio el dinero.
- Otra cosa –dijo antes de marcharse-, ¿podría decirme dónde está la carnicería?
- Sí, al otro lado de la palaza.
- Gracias.
El hombre no contestó y Marty abrió la puerta y se dispuso a salir cuando la imagen de aquella foto le asaltó la cabeza. Volvió a cerrarla de nuevo y se giró hacia el hombre.
- No quiero ser pesado –se disculpó-, pero... ¿sabe algo de una familia llamada Hartwell? ¿Vivieron en la casa de los Fenton?
El anciano suspiró por la pesadez del muchacho, pensó en no contestarle y en echarlo de malas maneras pero finalmente se lo pensó y le contestó.
- Yo conocía a Allan Hartwell, por aquél entonces yo tenía catorce años y el debía tener más de treinta. Sí, el señor Hartwell vivía en aquella casa, pero dejó el pueblo. Recuerdo que hubo un escándalo y se tuvo que marchar. La casa estuvo un tiempo deshabitada, pero al cabo de los años vinieron los Fenton y se instalaron –el anciano reparó en que había nombrado el nombre de la familia, y se enojó por la curiosidad del chico-. En cualquier caso, ¿por qué estás tan interesado? ¿Qué haces en este pueblo si no eres de aquí ni conoces a nadie de él?
Marty no sabía que decir, no podía contarle que iba a vivir allí... seguramente hubiera enviado a la policía. Trató de inventarse algo.
- Verá, soy estudiante de periodismo y estoy haciendo un trabajo sobre la vida en los pueblos. Voy preguntando a sus gentes sobre cómo se vive en ellos y sobre sucesos interesantes.
- Pues si quiere saber cosas investigue en el archivo público, no moleste a los vecinos con cosas que no quieren recordar.
- Siento haberle molestado.
El viejo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, de mala gana, y Marty salió de la tienda con las bolsas. Había conseguido salir bien del apuro, o al menos esos pensaba. Después de aquello fue a la carnicería y compró algo de carne para ese día. En esta otra tienda no preguntó absolutamente nada y cuando el tendero le preguntó sobre que le traía por el pueblo volvió a explicar la historia del estudiante de periodismo.
Salió de la carnicería y fue hacia el lugar dónde el carnicero le había dicho que estaba el archivo del pueblo. Al llegar allí encontró las puertas cerradas, en una de ellas había un cartel dónde decía el horario del mismo. Hacía unos diez minutos que habían cerrado, lástima. La verdad es que se había hecho bastante tarde, y ahora el hambre del desayuno se le había juntado con el de la comida, estaba realmente hambriento. Cogió la bici y pedaleó hasta casa, esta vez, sin perderse.
Continuará...
Esta vez a sido un 50% más largo de lo que últimamente publicaba
. Espero que que haya gustado, aunque no haya pasado gran cosa... se han descubierto algunos datos importantes. creo que seguiré algo más con Marty antes de volver a ver lo que está haciendo Hellen. Besos!