El muchacho se había acomodado bien en el mullido sofá y tenía el viejo libro en sus manos. Un olor ocre, rancio, como el de un sótano húmedo que nadie ha aireado en años, subía desde las gastadas cubiertas y las amarillentas páginas hasta su nariz. Marty apartó el libro de sí tanto como su brazos se lo permitieron, la gran letra que poblaba la página hacía que pudiese leer con comodidad aún estando a tan inusual distancia. El texto estaba escrito en castellano antiguo, aunque esto no le supuso ninguna dificultad ya que estaba acostumbrado, por sus aficiones, a encontrarse con las antiguas maneras de hablar de la España de siglos pasados. Ojeó las páginas anteriores a las que Hellen le había remitido, le parecían aburridas ya que solamente hablaban de una persona, un tal Marcos Álvarez de Toledo, nacido en la España del siglo XIV y que malvivía en el corazón de la sierra de Guadarrama como un ermitaño. Marty pasó las páginas con desdén hasta volver al punto marcado y a partir de ahí comenzó a leer.
Mientras, Hellen se afanaba en la cocina a preparar algo sencillo. No tardó demasiado y al poco ya estaban disfrutando de la mentada cena.
- Bueno, ya se acerca la hora –dijo Hellen al ver que ambos ya estaban terminando los platos.
El chico hizo un gesto afirmativo con la cabeza y prosiguió a lo suyo. Hellen dirigió su mirada hacia el sofá, junto a él, sobre la mesa de madera africana, reposaba el libro que ella le había dado a leer. Recordaba la primera vez que tuvo ese libro en sus manos, pertenecía a la orden, su mentor se lo había dado durante los primeros días al ver que ella no dominaba las lenguas antiguas –tan necesarias para poder aprender los secretos herméticos de tiempos remotos-. Ella lo había devorado con avidez de joven entusiasta del esoterismo y ahora las tornas habían cambiado, ahora ella era la mentora, y ahora era suya la tarea de educar a un joven entusiasta en las artes arcanas. Volvió a mirar hacia el chico, que ya casi había terminado de cenar.
- ¿Te gusta el libro, Marty?
- Oh, sí. Es muy interesante, ya tengo ganas de estudiarlo con detenimiento. Y también he estado mirando las primeras páginas, son bastante aburridas.
- Te lo dije.
La chica jugueteó con su tenedor pinchando y removiendo la cena, se le había quitado el hambre y solamente tenía ganas de estar en el interior de la casa. Apartó el plato de sí y se levantó de la silla apremiando al muchacho a que hiciera lo mismo para que se pusieran ya en marcha. Él la siguió en el gesto y fue a llevar los platos a la cocina. Era cerca de las once de la noche y la luna se mostraba llena en el cielo a pesar de las oscuras y camufladas nubes que debía haber en el cielo, hacía un rato que había dejado de llover pero el olor en el aire aventuraba que seguramente tarde o temprano la tormenta volvería a azotar sus planes.
Hellen pidió al chico que prosiguiera leyendo mientras ella iba a cambiarse. Marty volvió a sentarse en el sofá y sacó el teléfono móvil. Tenía un mensaje y una llamada perdida de su compañero de piso, Alberto. No recordaba que el teléfono hubiese sonado, seguramente le habría pasado desapercibido. La pantalla del teléfono mostraba un sms de su preocupado compañero:
"Mrty,dnd stas?m tiens preocpad.Di alg kand leas ste sms!"
El chico se maldijo a sí mismo por tener tan poca cabeza y rápidamente envió un mensaje a su amigo para que se quedará tranquilo, de paso le informó de que quizá no aparecería por casa en unos días ya que había conocido a una chica y ahora estaba con ella. ¡Por nada del mundo le diría que se trataba de su profesora! Al otro lado del piso, Hellen, ya se había vestido para la noche que les esperaba. Se había enfundado en un pantalón negro de algodón y en una camiseta del mismo color, de hecho, toda la vestimenta lucía igual, lo mejor para un asalto nocturno. Calzaba unas cómodas deportivas y llevaba puesta una gruesa capa con capucha. Menudo espectáculo... mejor que nadie la viese vestida así en pleno siglo XXI, pensó. Abrió uno de los cajones del armario y cogió un cinturón de cuero negro que llevaba un cuchillo de unos quince centímetros de hoja de doble filo que una vez puesto le quedaría justo en la espalda a la altura de la cintura. El cinturón también tenía otra funda en la parte derecha. Hellen abrió un cajón de la cómoda y sacó de ella una pistola del calibre 9mm parabellum semiautomática, una Walther P99, una moderna arma de fabricación alemana con capacidad para dieciséis balas. Todo un primor de la auto-defensa que Hellen no dudaría en usar ni un instante contra cualquiera lo suficientemente loco para frustrar sus planes. Colocó el arma en la funda del cinturón y salió al comedor. Marty levantó la vista del libro y se quedó sorprendido por el atuendo que llevaba su amada.
- ¡Guau! –exclamó- Que pasada de ropa, pareces sacada de una película de acción.
- Siento no poder ofrecerte lo mismo, aunque tengo otra capa si la quieres.
El chico asintió y ambos fueron a la habitación, dónde finalmente se puso la capa con capucha.
- Te sienta genial –dijo ella mientras buscaba algo en un cajón. Después de remover un poco lo encontró-. Aquí está, ten, quiero que tengas esto.
La chica alzó un colgante que sujetaba una pequeña piedra de barro con algunas inscripciones, se acercó hasta él y comenzó a abrochárselo por detrás.
- ¿Qué es? -preguntó
- Un amuleto que te protegerá.
- ¿Protegerme? ¿De qué?
- Pues de algunos hechizos –aclaró Hellen mientras terminaba de atarle el colgante-. Bien, ya estamos listos, vayámonos a coger el coche.
Montaron en el coche y condujeron hasta los terrenos de la mansión. La noche era clara, debido a la luz de la luna, el frío cortaba la piel y calaba hasta los huesos. En el aire flotaba un olor a tierra húmeda, como de tumba recién exhumada, un olor rancio que iba incrementándose a medida que se aproximaban a la mansión. El coche se detuvo junto a la verja, apartado del camino, las luces las habían apagado hacía ya unos metros y ahora era el motor lo que se detenía. Ambos bajaron del coche y Hellen instó a Marty a coger un par de linternas que llevaba en el maletero.
- Ahora saltaremos esta verja y nos colaremos, pero todavía no entraremos en la casa, esperaremos escondidos hasta que todos hayan salido. Y por cierto, pon el móvil en silencio, sería horrible que sonará una vez estemos dentro.
Marty asintió a todo lo que ella dijo y ambos saltaron la gran verja de hierro forjado que barraba la entrada a los terrenos de la mansión. Lo hicieron con suma destreza y sin ningún problema, llegaron al otro lado y Hellen lo condujo hasta unos matorrales que había cerca de la puerta principal, entre la casa y el cementerio que escondía las galerías y cámaras dónde se hacían los rituales. Se mantuvieron a la espera algunos minutos, tras los cuales las grandes y pesadas puertas principales de la mansión se abrieron de par en par y de ellas surgió un hombre con un candil en alto que iba vestido con una túnica grisácea, a él le siguió un columna de a dos formada por hombres igualmente vestidos, cada dos filas había otro par de candiles alzados. Marty pudo contar hasta un total de treinta y dos personas teniendo en cuenta a la última que iba cerrando la extraña procesión, con un estandarte coronado por otro candil. No pudo alcanzar a ver ni el extraño símbolo que contenía el estandarte ni las inscripciones que los hombres llevaban en sus vestimentas. La procesión iba entonando una letanía en algún idioma desconocido para Marty, pero las voces se entremezclaban formando un único sonido grave y espeluznante que hizo que el chico se revolviera de malestar en su escondite. Hellen, sin embargo, permanecía impasible observando a sus excompañeros; siendo asaltada, quizá, por recuerdos no muy lejanos en los que ella misma vestía esos ropajes y cantaba esos rezos. El grupo seguía caminando, después de que el último miembro volviera a cerrar las puertas de la mansión, en dirección hacía el cementerio. En unos minutos ya se habían alejado lo suficiente como para salir del escondrijo e iniciar el allanamiento.
Hellen se levantó y caminó hasta la entrada de la casa, sacó una llave de un bolsillo y la hizo girar en la cerradura. Un sonido fuerte y seco sonó cuando la puerta se abrió, la chica estiró de una de las argollas y la pesada puerta se abrió con inusitada facilidad. Marty seguía tras los arbustos observando como la procesión se perdía en la lejanía, los cánticos todavía podían oírse y quizá era eso lo que lo mantenía allí, como petrificado. De pronto una especie de silbido, algo más grave, lo sacó del trance. Miro en derredor y no vio a la chica por ningún lado, se asustó. Volvió a oír el silbido y alzó la vista, hacía la entrada de la casa. Allí estaba ella, medio oculta tras la gran puerta de madera, indicándole que entrara. El chico miró a ambos lados, asegurándose de que no había nadie, y corrió hacía la puerta. Hellen no pudo reprimir una risilla cuando el muchacho cruzó el umbral con notable cara de asustado.
- Bien, ya estamos –dijo ella pasando el brazo por el hombro del chico-. Bienvenido a mi antiguo hogar. No hay tiempo que perder, tu ves a buscar el medallón mientras yo voy a buscar otra cosa importante. Ves hasta el tercer piso y allí...
- Espera, ¿qué nos separemos? –preguntó con voz trémula el chico al tiempo que se separaba de ella- Ni hablar, no puedes dejarme sólo en una casa tan grande, ¿y si me pierdo? No creo que tardemos tanto en ir a buscar las dos cosas juntos.
- Lo siento mi amor pero hemos de hacerlo así –aclaró con voz dulce la chica-. No pasa nada por ir al tercer piso, y no tiene pérdida créeme, estarás bien. A dónde voy yo si que es otro cantar, voy al sótano. ¿De veras que quieres ir al sótano? –la cara del chico palideció con la simple idea de tal cosa- Hazme caso, ves al tercer piso, coge eso y vuelve, verás que rápido va todo. En nada estaremos en casa durmiendo.
Marty seguía sin estar del todo convencido pero por nada del mundo Hellen dejaría que el muchacho la acompañara al sótano; no por el peligro que en cierto modo era casi inexistente sino porque las cosas que había de coger de allí no podían ser vistas por el chico ya que concernían a ella misma y debían permanecer en secreto.
- ¿Todavía tienes miedo? –preguntó ella. El chico no contestó, simplemente la miraba con ojos preocupado. Hellen metió la mano dentro de la capa, detrás de su cintura y sacó el cuchillo para dárselo a Marty- Ten, quizá con esto te sientas más seguro. Esto y el amuleto que te di te protegerán de cualquier cosa.
El chico tomó el cuchillo y finalmente accedió a sus planes. Respiró profundamente y aguardó a que ella le indicara dónde encontrar el colgante de su familia.
- Bien, ahora que ya hemos acordado eso seguiremos con el plan. Mi objeto está en el tercer piso, cuando subas por las escaleras habrá dos largos pasillos, uno a la izquierda y otro a la derecha, tú toma el de la izquierda y ves por él hasta el final. Verás una puerta grande. Entra en ella, es un despacho. El colgante está dentro de un falso libro de la estantería, no sé cual es exactamente, búscalo. Cuando lo tengas vuelve aquí. Yo volveré tan pronto como me sea posible.
- ¿Y qué hago si ellos vuelven antes que tú?
- Tranquilo, el ritual les tomará tiempo, eso no ocurrirá. Bien, ya está todo dicho, nos vemos aquí.
Y diciendo esto, la chica se fue hacia la derecha y atravesó la puerta que allí había cerrándola tras de sí. Marty se había quedado solo en el hall de la mansión.
Continuará...
Bien, ya estamos dentro de la casa y nuestro chicho se ha quedado solo... ahora tiene que subir tres pisos de esa solitaria e inquietante mansión para atravesar un largo pasillo plagado de puertas a ambos lados del mismo, y todo para entrar en un despacho a buscar en una gran estantería un libro que no sabe ni cual es... ¿Y se supone que tiene que hacerlo dejándolo todo igual?
Próximamente la siguiente parte de este relato ^^