viernes, 04 de agosto de 2006
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A la mañana siguiente desayunamos ligeros y nos dispusimos a partir. A nuestra petición, el Barón nos proporcionó: caballos, armas, petos de cuero, provisiones, y un monedero con cien monedas de plata por si ocurría algún improvisto. Pronto estuvimos lejos del feudo de Richard, durante el camino mis dos amigos y yo estuvimos hablando de diferentes cosas pero nos sorprendió a los tres que Charles y sus sirvientes no mediaran palabra, de vez en cuando se les oía susurrar algo entre ellos pero nunca se dirigían a nosotros si no era para hablar de algo sobre el viaje. Era tal el afán de nuestros silenciosos acompañantes por llegar a nuestro destino que no nos detuvimos hasta que oscureció.
– Ya esta bien por hoy –dije yo con autoridad–, acamparemos aquí.
– ¡No, aún podemos avanzar mas, al menos hasta que oscurezca completamente! –dijo Charles intentando superar mi autoridad.
– ¡Yo me quedo aquí con Joan! –respondió Felipe.
– ¡Yo, también! –añadió Luis, uniéndose a nosotros.
Así que finalmente nos quedamos en aquél lugar acampados. Tuve la genial idea de ponernos sobre árboles, para no tener incidentes con animales salvajes. Yo hacía la primera guardia. Mientras todos dormían eché un vistazo a mí alrededor, todo estaba tranquilo. Segundos después de haber hecho esta comprobación, escuché un zumbido que rápidamente fue acompañado de un intenso dolor en mi brazo derecho, me giré para ver que era, y lo que contemplé fue una punta de flecha llena de sangre que salía de él.
– ¡Tenemos compañía! –alerté a mis compañeros con un gran grito.
Rápidamente todos se despertaron. Felipe se quedó al cuidado de nuestros protegidos mientras Luis y yo bajamos a ver de dónde provenía esa flecha. Echamos otro vistazo a nuestro alrededor pero no vimos nada, y si no fuera por la hoguera que habíamos hecho cerca de los árboles aún veríamos menos. De pronto Luis me alertó.
– He visto moverse algo ahí, entre los árboles.
Dirigí la vista hacía donde él me había señalado y les vi. Entre las ramas de un árbol inmenso que había a unos diez metros pude distinguir la silueta de tres personas y lo que parecían unos arcos.
– ¡Son hombres de los bosques! –dijo Luis– Son expertos tiradores, no tendremos ninguna posibilidad si luchamos desde aquí abajo. Lo mejor será subir y acabar con ellos.
Después de estas palabras de Luis, yo asentí con la cabeza. Entonces nos miramos mutuamente para después lanzarnos a la carga. Bajamos sin esfuerzo del árbol en el que estábamos y corrimos hacia el otro. Cada uno subimos por una cara del árbol. Mientras llegaba arriba, uno de ellos se había apresurado a sacar su espada e intento matarme, pero con un rápido movimiento logre esquivar su ataque, situación que aproveche para agarrar su muñeca y tirar de ella, con lo que conseguí lanzarlo hacia abajo, a la altura a la que estábamos, unos ocho metros, dudaba que se volviese a levantar. Mientras yo terminaba de subir Luis ya lo había hecho, y gracias a mi actuación la suya pasó totalmente desapercibida. Entonces Luis fue lento y sigiloso por detrás de uno de los arqueros, sacó su hacha y le rebano la cabeza con un golpe fuerte y seco. Ya sólo quedaba uno de los arqueros, y éste se dirigía con su larga espada hacia Luis. Yo, ya arriba, le vi la intención y empuñando mi espada al revés se la lancé con gran fuerza, la cual se le clavó con tal fuerza en su espalda que lo atravesó y cayó inerte en el suelo. El peligro parecía haber desaparecido pero aun así continuamos haciendo guardia toda la noche.
A cosa de las seis salió el sol y reanudamos el trayecto a Barcelona. Tardamos medio día en llegar y una vez allí nos curaron y dieron de comer. Luego, después de asegurarnos de la seguridad de Charles de Lupo, emprendimos el viaje de vuelta al castillo de Richard MacCormak. El viaje de vuelta no tuvo complicaciones y fue tranquilo. Entramos al castillo de nuestro Señor, y nos dirigimos ante su presencia. Estaba en uno de los extremos de la mesa del comedor, quieto y con la mirada en el vacío.
– Ya hemos vuelto –dije yo, por si él no se había dado cuenta. Pero Richard no contestaba, ni siquiera nos miró. Al cabo del rato se alzó gritando.
– ¡Si él está con Dios... yo reclutaré al diablo! –nos miró y dijo– ¡Seguidme!, tenemos cosas que arreglar –y diciendo esto nos condujo hasta el establo donde cogimos los caballos.
Ya de camino intenté averiguar a dónde íbamos.
– ¿Hacia dónde nos dirigimos mi señor?
– Ya lo verás.
Felipe se me acercó e inclinándose me susurró al oído.
– Seguramente nos debemos dirigir a Peñiscola.
– Será eso.
Pero por lo visto nos equivocábamos porque al llegar a las cuevas de Vinromá, Richard se detuvo delante de una de ellas.
– Esperadme aquí hasta que yo salga, puede que tarde un rato.
Y diciendo esto Richard se metió en la cueva con una antorcha. Ninguno le seguimos, pero al cabo de unas horas vimos extraño que todavía no saliera.
– Esto es muy extraño, ya tendría que haber salido –dije yo.
– Richard dijo que tardaría un poco, además he oído rumores de que en estas cuevas se practican ritos satánicos –me dijo Luis.
– Me da igual, yo voy a buscarlo.
Me daba completamente igual lo que él hubiera dicho, y las habladurías que se dijeran por ahí, era mi señor y si no salía era porque posiblemente le había pasado algo, así que después de decir esto me dispuse a encender una antorcha.
– Espera, yo también voy –dijo Luis apoyando su mano en mi hombro.
– ¡Y yo! No pensaréis que me voy a quedar aquí solo –dijo también Felipe.
Los tres entramos en la cueva, fuimos mirándola de cabo rabo, pero no veíamos nada, nuestra búsqueda termino con el hallazgo del final de la cueva.
– Que extraño, ¿dónde puede estar Richard? –exclamó Felipe.
Al no encontrar nada nos volvimos a la entrada, a esperar. Al cabo de tres horas más por fin llegó Richard. Lo vimos extraño, parecía mucho mas viejo, tenia muchas canas y también bolsas bajo sus ojos, y parecía muy cansado, entonces nos dijo con voz exhausta.
– ¡Venga, vayamos a Peñiscola!
– ¿Para qué? –pregunté. y con una voz muy grave me dijo
– Tengo un asunto pendiente con Su Santidad –dijo con una voz muy grave para después espolear a su caballo y emprender el galope.
Nosotros le seguimos rápidamente. Durante el trayecto Richard nos explicó que Benedicto le había utilizado, pero no nos explicó él porque.


Continuará el día 7 de Agosto
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