Pronto llegamos a Peñiscola, la gran fortaleza del Papa Luna era grandiosa.
– ¿Quién va? –gritaron los centinelas desde una torre.
– Soy el Barón Richard MacCormak y estos son mis vasallos.
– ¿Qué asuntos le traen a este castillo, señor?
– Debo ver a su Santidad, hay un grave asunto que debe saber.
No hubo respuesta, en unos segundos se oyó el chasquido sordo de las grandes puertas al abrirse y éstas comenzaron a moverse. Sin dudarlo entramos al patio del castillo dónde había un grupo de cinco soldados.
– Podéis pasar pero debéis dejar vuestras armas aquí, es por la seguridad de su Santidad.
Y diciendo esto el guardia nos señaló un gran baúl donde ya había algunas armas. Las dejamos sin ningún problema y entramos dentro. Caminamos por un entramado de pasadizos hasta llegar a la sala de audiencias. Por lo visto el Barón se conocía bien el sitio. Al llegar, dos centinelas armados con alabardas nos cerraban el paso, pero su Santidad, al vernos, dio un golpe con su bastón en el suelo y los centinelas las apartaron. Era una larga y ancha sala donde en su final, detrás de una gran mesa, se hallaba su Santidad rodeada de sus hombres de confianza: Julián de Loba, Jimeno Dahe, Domingo de Bonnefoi, Jean Carrier y Charles de Lupo. Además, toda la habitación estaba rodeada de ballesteros preparados para abrir fuego si se presentaba algún imprevisto. Richard le dijo al Papa que cómo le había utilizado de esa manera, que se había enterado de lo Charles, y le preguntaba él porque. El Papa le dijo que siendo representante Dios en la tierra, no tenia que rendir cuentas a nadie, y mucho menos a los que hacía tiempo que habían dejado de rendirle el homenaje que se merecía. Entonces lanzando un largo suspiro, alzando con orgullo la cabeza, el Barón Richard MacCormak pronunció las palabras del ritual de rotura del vasallaje previstas por las partidas de Alfonso el sabio:
– Señor don Pedro de Luna, yo Ricardo, ricohombre, besóos la mano, y de ahora en adelante ya no me llaméis vuestro vasallo.
El Papa empalideció ostensiblemente, mientras los ojos parecían salírsele de sus órbitas, sus hombres de confianza se agitaron inquietos, los soldados se aferraron a sus armas y yo trague saliva imposible de saber si saldríamos con vida de aquella situación. Y es que romper el vasallaje es el mayor insulto que se le puede hacer a un noble, ya que es considerarlo indigno de los servicios que se le presta. Pero aun así veía a Richard muy tranquilo. Richard se giró hacia nosotros y nos dijo susurrando:
– Lo siento, pero me juró que quería vuestra vida, no vuestra muerte.
Me quede estupefacto y confuso. ¿Qué diablos quería decir con aquellas palabras? ¿A quién se refería?
– ¡Salariel! ¡Cumple lo pactado! –gritó Richard mirando al techo.
Y tras decir estas palabras, desapareció dejando una nube de humo. No entendíamos nada, los tres nos miramos nerviosos y confusos. El Papa dio un fuerte golpe de bastón al suelo y se cerraron las puertas. Todos los ballesteros nos apuntaban, con lo que, obviamente, no opusimos resistencia.
Nos arrestaron y metieron en un profundo pozo donde fuimos introducidos por una escalera, que fue retirada tras bajar nosotros. Ahí pasamos varias semanas, una o dos veces al día recibíamos un cuenco con agua y otro con pan y una especie de potaje, estar allí era una pesadilla, sólo teníamos unos haces de paja en los que dormir y además estábamos rodeados por nuestras propias heces y por los huesos de los últimos inquilinos. El Papa, como método de tortura venia una o dos veces al día y nos explicaba los martirios vividos por algunos cristianos. Estábamos realmente mal, psicológica y físicamente.
Continuará el día 10 de Agosto