martes, 01 de agosto de 2006
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Esta es una historia que escribí cunado tenía 14 o 15 años, con la que gané el premio San Jordi de narraciones de mi colegio cuando iba a 3º de ESO. Al releerla he visto infinidad de imperfecciones, cosas que ahora escribiría de manera muy distinta, pero bueno, me alegro de ver como he ido mejorando en la manera de hacer narraciones. Publicaré la narración en varias partes. La he revisado y he hecho cambios muy ligeros, que practicamente no distan del original, así se conserva como yo lo escribí. Porque aunque no sea perfecto es lo que yo hice entonces, hace seis años, y no ha de ser olvidado. He de decir que esta historia esta sacada de una aventura de rol que yo jugue del juego de rol de Aquelarre. así que no creáis que lo he escrito yo, solamente lo he narrado.


Voy a relatar la historia de mi pasado, la historia de cómo me fueron arrebatados mis padres cuando yo solo era un chiquillo, y como me vi involucrado en la loca aventura de unir el Cielo y el Infierno.
Tuve una infancia bastante feliz, si no fuera por el hecho de haber perdido a mi madre al nacer yo. Vivía con mi padre en una cabaña situada en los bosques de Aragón, él era cazador, y mientras él se ganaba la vida cazando y vendiendo animales en el mercado, yo realizaba las tareas de la casa. Mi padre me enseñó todos los secretos de la caza, aunque no logré aprenderlos todos. Una noche mientras yo le aguardaba en casa, tuvo un problema con un forastero en su puesto del mercado. Este no quería pagarle y mi padre le obligó a hacerlo, pero al día siguiente el forastero volvió con unos amigos, y dijeron que no tolerarían que se pasase así con ellos, mi padre se quejó y por esa estúpida disputa le mataron.
Esa noche me dormí esperándolo, sobre la mesa de madera del comedor, donde yacía con mi cabeza apoyada sobre mis brazos.
Al día siguiente me despertó el ruido de unos caballos. Salí a toda prisa, pensando que sería mi padre, que volvía del mercado; pero no reconocí a las personas que tenia ante mí.
– ¿Joan? –Preguntó el que parecía el mas importante de los tres hombres.
Yo asentí con la cabeza.
– Soy tu tío, Alvar, ha habido problemas en el mercado y tu padre ha muerto, he venido para cuidar de ti.
No me sentó nada bien la noticia, mi padre era lo único que tenia, pero aun así acababa de descubrir que tenía un tío, y vi en él una nueva oportunidad de rehacer mi vida. Después del gran silencio la voz de Alvar sonó como un trueno en mis oídos.
– Dormiremos aquí, mañana partiremos hacia mi castillo.
No se cómo lo logré pero en ese momento tan amargo logré pronunciar unas palabras.
– Yo no quiero ir –le dije con tristeza, pero él me respondió de una manera desconcertante.
– Tampoco querías que tu padre muriese, pero ha muerto.
Después, no volvió a hablar conmigo. A la mañana siguiente partimos hacia su castillo. Alvar me enseño a leer y escribir, luego ingresé en la academia de almogávares, donde aprendí el oficio. Al salir de la academia mi tío ya me había conseguido un puesto al servicio del barón Richard MacCormak, procedente de Escocia, al que se le conocía en Aragón como Ricardo. Llegué al castillo y rendí pleitesía a Ricardo, el cual me aceptó como su vasallo. Yo no era el único que el barón había reclutado, en la misma estancia se encontraba un hombre de largas barbas, con aspecto de pirata, y cerca de él, un hombrecillo con mirada perversa. Mi tío se fue y MacCormak nos presentó entre nosotros, –Joan, estos son Felipe y Luis– realmente ninguno tenia aspecto suficiente para llevar esos nombres tan nobles.
Esa noche llovía a cántaros, mientras cenábamos, picaron en las puertas del castillo. Uno de los siervos de MacCormak abrió una de las grandes y viejas puertas. Detrás de ella pudimos distinguir, entre la lluvia, a tres encapuchados montados en mulas. Dijeron ser el diácono Charles de Lupo y sus dos servidores, éste afirmó que eran representantes del Papa Luna, lo cual resultaba ser cierto ya que portaban los documentos que lo atestiguaba. Los visitantes pidieron hablar con MacCormak, cosa que les fue concedida. En la charla Charles explicó al barón que había sido designado por Su Santidad el papa Benedicto XIII para intentar acabar de una vez por todas con el cisma que sufría la iglesia Cristiana. El anciano Papa sentía que sus días se acaban, y quería poner claras las cosas antes de reunirse con el Creador. Para ello redactó unas condiciones de renuncia, por lo demás muy asequibles: simplemente que se le revocara la sentencia formulada en los Concilios de Pisa y Constanza, según la cual era un antipapa fornicador, blasfemo, asesino, hechicero y hereje. Quizá su pecado era el del orgullo, y por él tendría que rendir cuentas a Dios, pero no le podían pedir a un hombre de su calidad que se humillase hasta ese punto... Si en Roma se retractaban y admitían que era un hombre honrado y sincero, estaría dispuesto a dejar la mitra y las llaves de San Pedro a quien correspondiera... Con un reducido séquito Charles recibió pues órdenes de viajar hasta Barcelona, donde se encontraba el delegado Papal Guido de Cerbino, entregarle el rollo de pergamino lacrado con el sello Papal donde están escritas las condiciones de Su Santidad y acompañarle de regreso a Roma, para exponer el asunto ante el Papa Martín V. Por desgracia los caminos del Maestrazgo, en especial los que comunican con Peñíscola, están controlados por los hombres de la Orden de Montesa, la que antaño tanto favoreció al Papa Benedicto, y que ahora se volvió contra él. El grupo de embajadores fue atacado por un grupo de bandidos que decían ser agentes de la Orden, que dispersaron a su séquito, en el que no había hombres de armas, para robarles los ricos presentes que traían para Martín V. Charles y sus dos compañeros lograron escapar gracias a la intervención divina, llevando consigo un cáliz de oro, el único tesoro que consiguieron salvar. Así pues, para terminar su misión necesitaban una escolta adecuada, un grupo de hombres que vistieran su librea, no la del Papa Luna, y que le sirvieran y protegieran de otros supuestos “caballeros” de Montesa para poder terminar su misión.
Después de toda la explicación, Richard, aceptó en ofrecerle los servicios de un grupo de hombres que hoy acababa de llegar a su castillo. Era evidente que se refería a nosotros. Nuestro Barón nos contó todo esto en una reunión por la noche, a la que no acudieron los nuevos invitados, ya que estaban cansados. Luego yo hablé con mis nuevos compañeros en los aposentos, opinamos sobre la misión, contamos cosas sobre nuestro pasado, etc.


Continuará el 4 de Agosto
Comentarios (0)  Autor Asturel

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