Tomaron el ascensor desde el garaje y Hellen pulsó el botón del ático. Marty se sentía feliz, algo nervioso, pero tremendamente contento por la situación. El ascensor se había llenado rápidamente con el olor a rosas de ella y una musiquita tenue pero animada sonaba de fondo por el hilo musical. Hellen lo miraba por el rabillo del ojo, riendo para sus adentros. Estaba tan en silencio... ni siquiera una persona tan formada en la psicología como ella podía librarse del efecto inhibidor de los ascensores. Sonó el ding que indicaba que habían llegado y las puertas metálicas se abrieron con total suavidad. El rellano del piso era amplio, con mármol de color oscuro en las paredes y el suelo. A ambos lados había colgados grandes cuadros. Marty se quedó mirando el de la derecha, uno de una escena marina. Se trataba de una, a primera vista, típica escena del mar, con sus aguas y su barco. Pero hasta ahí llegaba lo usual... el mar aparecía de un color verduzco oscuro, con sombras negras y espuma marronosa. Daba la impresión de un mar en brutal tempestad. Entre tanta agua podía apreciarse un diminuto barco, como una mancha marrón que parecía dirigirse hacia una enormemente grotesca forma. No podía acabar de distinguirse con total claridad pero es cierto que se intuían una especie de alas y unos rechonchos brazos. La forma surgía del mar, y el barco daba la impresión de estar dirigiéndose directamente hacia él.
-Extraño cuadro, ¿no crees? –preguntó Marty.
Hellen le miro algo sorprendida.
-¿Cuál, ese? –dijo señalando al enorme cuadro. –Siempre ha estado aquí, no sé, no me llama la atención, no es más que una escena de un barco y una isla.
El muchacho no dijo nada más, simplemente asintió con la cabeza e indico con la mano que ya podían olvidarse de él. Los zapatos de Hellen sonaban rítmicamente contra el pulido mármol mientras se dirigía hacía una puerta de robusta madera color caoba. En ese piso no había ninguna otra puerta, Marty pensó que el ático debía ser realmente enorme. Ella rebuscó unos instantes en su bolso y no tardó en sacar un fajo de llaves, enlazadas con un bonito llavero de color rosa. Los cierres hicieron un sonido sordo al abrirse y la puerta giró hacia el interior del piso. Ella encendió la luz y colgó su chaqueta en un colgador de la entrada. Dio unos pasos hasta una mesita de madera de aspecto moderno, y tras mirarse y colocarse bien el pelo en el espejo del mueble dejo las llaves sobre un platito metálico que había sobre el mismo.
-Vamos, pasa –dijo a Marty con una amplia sonrisa -. Ponte cómodo, enciende la tele si quieres; mientras iré haciendo la comida.
El chico pasó al comedor boquiabierto, mirando en todas direcciones. El piso era realmente enorme, el comedor hacía dos niveles, quedando la parte que venía del recibidor más elevada. En esta parte había una gran mesa, con estructura de metal lacada de negro, gran cristal sobre la misma y seis sillas de aspecto cómodo. Del techo bajaban unas lamparitas que daban una luz tenue y quedaban a la altura de los ojos. Junto a la mesa había una puerta que conducía a un pasillo. Caminó unos pasos y bajó los escalones que lo llevaban al salón. En él había un enorme sofá de dos piezas, en el cual debían caber por lo menos doce personas. Al lado del mismo, un sillón de piel negra con toda la pinta de tener programa de masajes y demás comodidades. Marty dejó la mochila en el suelo y se sentó en el sofá. La tele era gigante, de por lo menos unas cincuenta pulgadas, o eso le parecía a primera vista. Cogió el mando que estaba sobre la mesita, perfectamente ordenado y alineado con los bordes, y la encendió.
Hellen había estado observando su cara, le encantaba lo maravillado que el chico parecía con tanto lujo.
-Bueno, voy a cambiarme para hacer la comida, no quiero ensuciarme esta ropa, ni que me huela mal. Vuelvo enseguida, tu haz como si estuvieras en tu casa.
- ¡Vale! –dijo él con gran entusiasmo mientras seguía haciendo zapping por los numerosos canales de la televisión digital de Hellen.
Ella desapareció por el pasillo y Marty comenzó a mirar a su alrededor para inspeccionarlo todo. A la izquierda de los escalones, antes de llegar al salón estaba la entrada a la cocina, se veía una gran mesa de mármol y acero inoxidable, coronada por una gigantesca campana de extracción, de la cual colgaban algunos utensilios. La cocina se extendía unos metros más hacia el interior y estaba repleta de muebles y cajones, la nevera se veía enorme, de dos puertas.
Todo el salón estaba poblado con cuadros y esculturas de otras culturas, cantidad de objetos exóticos. A la derecha del sofá había un gran ventanal por el cual podía verse la terraza ya que las cortinas, hechas de paneles de tela verticales, estaban corridas. Marty giró la cabeza y vio que detrás del sofá había dos puertas. Al ver que Hellen no volvía se levantó para fisgonear un poco. Abrió la de la derecha. Se trataba de un lavabo, enorme, por supuesto. Volvió a cerrar la puerta e intentó abrir la de la izquierda. Estaba cerrada.
-Lástima –pensó.
De pronto le llamó la atención unas pequeñas marcas que había sobre el marco de la puerta. Se puso ligeramente de puntillas y observó detenidamente. Podía verse grabada en la madera una estrella de cinco puntas, con un extraño ojo llameante en el interior. Marty oyó los pasos de Hellen que se aproximaban por el pasillo. Corrió hasta el sofá y se sentó disimulando ver la tele.
-Mmm... ahora si que estoy cómoda –dijo Hellen estirando los brazos hacia arriba. Marty se giró para mirarla y casi se le detuvo el corazón. Que arrebatadoramente hermosa era; llevaba puestos unos pantalones marrón claro muy holgados de fino algodón, y encima llevaba un top de color negro que le dejaba al descubierto su vientre liso y perfecto. Se había soltado el cabello, que ahora le colgaba a ambos lados de los hombros. Se veía algo más claro por la iluminación de la sala y había quedado seductoramente ondulado por el recogido que antes se había hecho. Hellen caminó hasta el sofá y se acercó a Marty.
-¿Seguro que tienes hambre? –dijo ella mientras se inclinaba y ponía una rodilla sobre el sofá. Alargó el brazo y acarició la nuca del chico –Podemos comer más tarde si quieres... no hay prisa.
A Marty le latía el corazón con violencia, como si se le fuera a salir del pecho. Tragó saliva y dijo:
-La verdad es que no tengo mucha hambre, he desayunado bien en el bar.
-¿En el bar? –le interrogó ella con una amplia sonrisa –Tú siempre faltando a las clases ¿eh?
Él respondió con otra sonrisa al tiempo que se recostaba más y se hundía entre los mullidos cojines del sofá. Ella paso la otra pierna por delante de él y quedó subida sobre su regazo. Marty puso sus manos sobre la cintura de Hellen y ella posó sus manos en su pecho y comenzó a acariciarle. Reclinó la cabeza y pegó sus labios a los joven, los cuales no tardaron en abrirse para invitarla a entrar. Marty notó el tacto sedoso, húmedo y cálido de los labios de Hellen, quien le dio un tenue mordisquito en el labio inferior y después introdujo su lengua, comenzando a acariciar el interior de su boca. Mientras, las caricias seguían. Marty ahogó un gemido y se estremeció cuando notó como las piernas de Hellen le rozaban su sexo, y como sus pechos se oprimían contra él. Ensortijó sus dedos en los cabellos de la chica cuando ésta despegó sus labios de los suyos y hundió su rostro en su cuello, comenzando a besarlo juguetonamente. Marty notó el olor a rosas de sus cabellos y comenzó a mordisquear la oreja de Hellen, la cual pareció estremecerse. Entonces la chica separó la cara de su cuello y tras quitarse las gafas dijo:
-¿Qué te parece si seguimos en la habitación?, estaremos más cómodos.
Y sin esperar respuesta se levantó, tomó la mano de Marty y le estiró para que la acompañara hasta la habitación.
Continuará...
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