Aquella noche casi no había podido dormir, tenía como un nudo en la boca del estómago que le impedía conciliar el sueño. Quedaba poco menos de quince minutos para que terminara la última clase del día y pronto se dirigiría hacia la salida del metro, dónde había quedado con Hellen.
Marty no podía creérselo, se agitaba nervioso en la silla, pensando todo lo que iba a ocurrir ese mismo día; lo que iba a comenzar en escasos minutos. Intentó relajarse, mirando detenidamente el aula. Era casi la una del medio día y la luz del sol entraba con fuerza por los grandes ventanales haciendo algo incómodo el estar ahí sentado. Por suerte, Marty se hallaba
sentado en la hilera de sillas más próximas a la salida.
Normalmente no se sentaba ahí pero esta vez pensó que sería lo más conveniente por si acaso se le ocurría abandonar la clase antes de tiempo para ir al lugar acordado, de esta manera su salida pasaría casi totalmente inadvertida. No había mucha gente, a estas horas la mayoría ya se había cansado de dar clase por lo que seguramente estarían en la terraza del bar tomando el sol o charlando animadamente. Además, la clase de Psicología social aplicada y del comportamiento colectivo –más cariñosamente conocida como PSACC- no solía ser muy amena que digamos… quizá hoy sí lo era, en cualquier caso Marty no lo sabía porque era incapaz de prestar atención con todas esas emociones y pensamientos agolpándose en su joven y bien formado cuerpo. El profesor mantenía una cara agria, como de perpetuo enfado, mientras exponía su explicación. Caminaba nerviosamente de una punta a otra de la clase, al tiempo que gesticulaba enérgicamente; de vez en cuando soltaba algún comentario en tono agresivo, callaba y miraba al alumnado como esperando una respuesta pero sólo se trataba de un recurso dialéctico, del estilo de una pregunta retórica, con lo cual no tardaba en proseguir su monserga como si nada pudiera interrumpirle.
Marty se reclinó en la silla y sacó su móvil. La una menos cinco, ya casi era la hora. Hacía años que se valía del reloj del móvil, ya no llevaba nada en las muñecas. Cuando era niño era diferente, entonces si que llevaba su querido reloj Casio y algunas pulseras de cuero o tela; pero ahora no soportaba que nada le aprisionase las muñecas ni el no poder sentir el tacto de sus brazos sin encontrarse nada que le estorbase. Al fin y al cabo, siempre llevaba el móvil encima, por tanto ¿qué necesidad tenía de llevar reloj? No sabía que hacía esperando a que fuese la hora. Hacía rato –desde que comenzó la clase, prácticamente- que no prestaba atención. Pensó en marcharse en ese mismo instante pero la verdad es que para lo que quedaba le parecía ridículo hacerlo.
-Bueno, eso es todo, seguiremos el próximo día.
Y diciendo esto, el profesor comenzó a desdoblar las mangas de su camisa, que había doblado de manera precisa para quedarse remangado y así poder gesticular con total libertad. Dio media vuelta y comenzó a recoger sus cosas. Marty se levantó casi de un salto y se puso la chaqueta. Sabía que en cuanto pisase la calle se la quitaría y la pondría en el asa de su mochila, como de costumbre, pero más bien era una cuestión de comodidad el habérsela puesto porque así no tenía que cargar con ella en los brazos ni estorbaba su aspecto por llevarla colgada. Bajó las escaleras rápidamente y pasó por los pasillos casi sin levantar la vista del suelo, de esa manera no tendría que detenerse a saludar a nadie. No podía esperar, ni perder el tiempo hablando con nadie, ardía en deseos de ver a Hellen, de ir en su coche con ella.
Salió a la plaza del campus, estaba prácticamente desierta. El sol pegaba fuerte a aquellas horas del medio día y solamente se veía a un par de personas disgregadas en los bancos del final de la plaza. Marty dirigió su vista a la parada del bus interno de la facultad, el que llevaba a los alumnos desde la salida del metro hasta el edificio dónde estaban las clases, todavía no había llegado. Le daba lo mismo, haría el camino a pie, no podía esperar. Bajó el camino a paso acelerado y no tardó mucho en situarse junto a la salida del metro.
Allí estaba él, esperando, viendo como las personas iban apareciendo por las escaleras mecánicas y salían del metro. Se quedó atrapado en sus pensamientos, al tiempo que sus ojos sólo captaban una extraña procesión de pies que se movían, y de escalones metálicos que desaparecían en el suelo; como un borrón azulado, con matices negros que transcurrían en destellos. De pronto un bocinazo, corto pero intenso, le hizo regresar de su trance dando un pequeño salto, no sabía ni el tiempo que había pasado, quizá habían sido segundos, o quizá minutos. Alzó la vista y vio un coche azul metalizado, del mismo color que el que algunas veces toma el cielo, en los atardeceres tormentosos, cuando los relámpagos cubren el cielo de manera intermitente. Y en su interior, a través de la luna delantera, la vio a ella. Llevaba unas gafas de sol de estilizada línea, y el pelo recogido en un vistoso moño que dejaba sobresalir las puntas de sus cabellos, formando un exótico tocado. Marty sonrió, recogió su mochila del suelo y corrió hasta el coche.
Una vez dentro él se quedó callado, ella lo miró de arriba abajo y reclinó un poco las gafas con su mano derecha para poder observarlo sin ellas.
-¿Dónde vas así por la vida? –refiriéndose a la chaqueta tejana que él llevaba puesta –¿es que quieres ponerte enfermo?
Él se rió discretamente y comenzó a quitársela.
-No, es una cuestión de comodidad. Prefiero llevarla puesta a llevarla en la mano, me estorba. Además, piénsalo, la chaqueta te protege de que te de el sol directamente y es lo suficientemente holgada como para que entre el aire, por lo que no pasas calor, sino al contrario.
Hellen volvió a ajustarse las gafas con un marcado gesto, empujando las gafas con su dedo índice justo en el puente de las mismas, entonces sonrío ampliamente al tiempo que dijo:
-Ya, ¡claro! Ponte el cinturón.
Marty comenzó a inspeccionar el coche. Todo estaba impecable, el salpicadero era amplio y el cuadro de mandos quedaba bien enmarcado tras el volante. Éste se movía estilizadamente, sujeto por las manos hermosamente blancas de Hellen. Su piel se veía fina, lustrosa y suave. Podía captarse un ligero olor a rosas, procedente de ella, que ya parecía provenir del propio coche. Iba moviendo los dedos, dando golpecitos sobre el volante, al ritmo de la música. Los elegantes acordes de Darling Violetta sonaban por los cuatro altavoces del coche, llenándolo de frescura y haciendo que Marty también comenzase a dar golpecitos con el pie de manera rítmica.
-¿Qué tal las clases? –dijo Hellen de repente -¿aburridas? Seguro que sí. Yo he tenido un día bastante horrible, parece ser que ayer la máquina de copistería se estropeó y esas estúpidas no tenían el material que les pedí para hoy. Total, que he tenido que dar la clase sin él. Horrible, es muy difícil explicar un test sin poder enseñarlo a cada uno de los alumnos. Y para colmo la estúpida de mi vecina me ha llamado urgentemente, que había tenido un problema... decía que se le había muerto algún familiar o algo así y que si podía cuidar a su gato.
-Vaya, ¿y qué le has dicho?
-Pues no me he podido negar... porque ella siempre me recoge paquetes cuando no estoy en casa, me presta cosas cuando no tengo... en fin...
-Ya. Bueno, ¿y cómo es el gato?
Ella giró la mirada hacia el infinito, la charla la aburría. Se quedó unos segundos pensativa, después volvió a mirar al frente, a la carretera.
-Ya lo verás, lo recogeré cuando lleguemos, es bastante dócil. Bueno, como todos los gatos... los gatos son muy pasotas, eso es lo que no me gusta de ellos. Prefiero un perro.
-Sí, yo también. Uno nunca sabe lo que pasa por la cabeza de un gato cuando lo mira directamente a los ojos, nunca cambian su expresión... parece como si en cualquier momento fueran a saltarte directamente a la cara, para sacarte los ojos de un arañazo.
Ella río.
-Que gráfico –dijo Hellen.
-Es cierto, me dan mucho repelús.
-Oye, ¿y tú? ¿No me cuentas como te ha ido el día?
-¿Yo? Pues como siempre, bastante relajado. A primera hora he tenido memoria, a segunda tenía libre y he ido al bar un rato. Nada, hemos estado comiendo algo y charlando.
-¿Quiénes?
-No las conoces.
-¿Ninguna va contigo a clase? Si van contigo seguro que las tengo vistas, siempre me fijo en quien tienes alrededor.
-¿Me vigilas?
Ella río abiertamente.
-No, mi joven genio, es que en esta facultad hay muchas chicas y quiero ver con quien te relacionas. No son celos, es curiosidad.
-Tranquila, ninguna se puede comparar contigo. Además, son sólo compañeras, cuando estoy contigo en clase me olvido de todo.
Marty se rascó el cuello, había perdido el hilo de lo que estaba diciendo.
-Bueno, como iba diciendo, he estado un buen rato en el bar y a las once y media he ido a social aplicada.
-Tenías razón.
-¿Sobre qué?
-No ha sido un gran día.
-Y qué esperabas, ¿un tiroteo?
-Sí, exacto, con explosiones, rechinar de ruedas y sirenas de la policía
Ella volvió a reírse. Marty hizo un chasquido con la lengua como indicando la poca seriedad del asunto y movió negativamente la cabeza al tiempo que miraba hacia la calle desde la ventana del coche.
-No te enfades, estaba bromeando.
Él la miro y sonrió, puso su mano sobre la de Hellen, que estaba sobre el cambio de marchas, y dijo:
-Como iba a enfadarme contigo, y menos por un juego como este.
Ella le devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza.
El coche se detuvo. Se trataba de una tranquila calle, con árboles a ambos lados de la carretera, formando un pasillo de bienvenida. Todo estaba lleno de escaparates de tiendas de ropa, de complementos, joyerías, zapaterías... al final de la calle podía verse una plaza con una fuente, otrora blanca, de mármol ligeramente desgastado por la polución de los coches. Hellen sacó un pequeño mando negro de uno de los cajoncitos situados debajo del cuadro de mandos, junto al volante, y apretó uno de los botones. La puerta de un garaje situado a la derecha comenzó a abrirse, y cuando lo hubo hecho entraron.
-¡Hemos llegado! –exclamó ella –Bueno, vamos, me muero de hambre. ¿Te gusta la pasta?
-Claro, –dijo él sonriendo –me encanta.
-¿Y la ternera?
-Mmm... –dijo al tiempo que se frotaba el estómago; y dio por contestada la pregunta.
A Marty le encantaba el olor que se respiraba en los garajes, una mezcla de humedad y gasolina. Le traía buenos recuerdos del garaje que tenían sus padres cuando era pequeño. Recordaba como siempre decía que le gustaría vivir allí, y también como su padre lo llevaba a coscoletas desde el parking hasta el piso cuando regresaban tarde a casa, y él estaba medio dormido.
Se que es anormalmente largo para lo que acostumbro a colgar en mi blog... sorry!

pero espero que os haya gustado. Quizá algún día la siga.
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