Me pregunto si finalmente me he atrevido a enviarte esta carta, o si por el contrario no es más que un papel amarillento y polvoriento olvidado en uno de los cajones de mi escritorio.
Estoy agotado, no puedo negarlo. Estoy agotado de imaginarme los motivos, de romperme los sesos tratando de extrapolar tu conducta a unas causas factibles que la expliquen. Y la verdad es que cada día que pasa, cada nuevo dato que llega a mí, que se apila en mi mesa, no hace más que decirme que me olvide de ti, que me aleje, que te gire la espalda y prosiga con mi anterior vida.
Mi cabeza me susurra. “No tiene sentido, apártate de ella” me dice... y yo, ¿debo hacerle caso? ¿Debo apartarme de ti? ¿Debo dejar de vivir en continuas ensoñaciones que me hacen imaginar como sería estar contigo, como se resolvería la situación A, o la situación B?
No pretendo que me des una respuesta... de qué podría servirme eso, si precisamente has sido tú la causa de estás preguntas. Lo que pretendo es que obres de una maldita vez como realmente sientas que debes obrar. Porque a veces me pregunto si estás esperando a que ocurra algo, o a que pase de largo alguna situación en concreto de tu vida para entonces decidirte a proseguir con los nuestro. No lo sé, y es esa duda razonable la que me impide cerrarte la puerta, me impide echar a correr lejos y olvidarme de ti.
Nuevamente, vuelvo a indicar que quizá nunca recibas esta carta. Quizá nunca llegues a leerla. Pero también es posible que aún sin enviarla un día te topes con ella, rebuscando entre mis cosas por lo que me parece ahora el más inverosímil de los motivos. En tal caso, espero que comprendas la angustia que me ha llevado a escribir estas líneas y el sosiego que he hallado al plasmarlas.
Comentarios (0)
Autor
asturel
|
Enviar