- ¿Crees que me das miedo? ¿Qué podría hacerme un estúpido fracasado como tu? Un necio sin coraje para siquiera intentar sobrevivir, no eres más que una jodida alma errante, un pútrido insecto que se arrastra a mis pies esperando que algún día lo libere de la tortura que es su vida.
La cara del joven se inclinó ligeramente hasta que las luces de la calle iluminaron tenuemente su rostro. Se llevó las manos detrás de la cintura y esbozó una ligera y tétrica sonrisa.
- ¿Qué demonios te hace tanta gracia? Voy a aplastar tu cabeza hasta que tus sesos asomen por tus oídos. Me suplicarás que te meta una bala en la cabeza.
El brazo del joven se alzó lentamente y la luz filtrada por el cristal de la ventana resplandeció en el plateado metal del revólver que sus dedos sostenían con firmeza. El cañón apuntaba directamente al pecho del hombre.
- Estúpido... ¿Qué crees puedes hacerme? ¿Matarme...? – el hombre rió con una profunda carcajada, llena de arrogancia. – No podrías matarme ni aunque te lo propusieras, pedazo de mierda.
El hombre introdujo la mano en su gabardina y sacó un afilado y grueso cuchillo de hoja curva, uno de esos que tan excelentes son más rebanar cabezas con el mínimo esfuerzo.
- Vas a pagar muy caro tu intento de rebelarte.
Un estallido inmenso nubló por unos segundos los sentidos del joven, que cerró instintivamente los ojos por el sobresalto. La súbita luz inundó la habitación como un destello y milésimas de segundo después el joven volvió a abrir los ojos.
El hombre estaba de pie, y en su pecho había un profundo agujero del cual brotaba la sangre de forma muy leve. La cara del joven se torció en una mueca entre el alivio y la sorpresa.
- Estúpido... todavía no lo has entendido... no puedes matarme, yo ya estoy muerto. Aquí acaba tu viaje, tu estúpido intento por convertirte en mi hijo, en sangre de mi sangre.
El pesado andar del hombre estremeció al joven muchacho que parecía parpadear con cada paso que daba hacia él. La mano que sostenía el cuchillo se elevó unos segundos... un chillido de horror rompió el silencio de la habitación... nuevamente todo quedó en silencio salvo por el ruido de una cabeza rodando sobre el suelo de madera.
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Autor
asturel
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