Ya tengo un nuevo juguete, me divertiré un rato. Le digo a Kristine, mi ametralladora, que no se preocupe, que no la dejaré de lado, que podrá enviar al resto de esos bastardos al infierno.
Cruzo la puerta para bajar las escaleras. Las paredes están tapizadas de viejo papel a rayas, huele a rancio debido a la humedad. Al final de los escalones hay una bombilla que ilumina el giro hacia el sótano. Continuo bajando, escuchando cada sonido que procede de abajo. Oigo voces, voces de hombre y... una voz de mujer. Mierda, han cazado a alguien... lástima, he llegado demasiado tarde... o no, quizá sea una ventaja, estarán alborotados y distraídos. Sí, estos depravados no pueden apartar la mirada de un par de tetas aunque les estés apuntando con un revólver del .44 a la cabeza. Me aprovecharé.
Llego abajo. Un zumbido... me lanzo al suelo y trozos de yeso de la pared se desprenden sobre mi cabeza... por poco. Disparo sin dudarlo sobre el bulto. La nube de perdigones impacta en varios puntos confiriendo al pobre desgraciado un baile de lo más inusual. Ruedo por el suelo, el bulto cae al suelo con un clonk. Me coloco detrás de la mesa del billar y con un rápido movimiento la vuelco para protegerme. Se oyen disparos, explosiones que me aturden cuando traspasan la barricada improvisada que acabo de montar. Sigo de suerte, ni un solo rasguño. Me levanto con frialdad y disparo en la mano del cabrón que ha intentado dejarme como un colador. Que bonito, una nube roja, una chispa de proyectiles dando en su arma y la canción de un chillido de dolor desgarrador. Arrojo la escopeta y saco la ametralladora. A por él, Kristine. El desgraciado manco cae al suelo llorando del dolor. Kristine escupe fuego y muerte sobre el idiota que sigue al lado de la chica, cascándosela como un mono. Ahora su camiseta tiene un estampado muy personal. Me planto frente al último que queda con vida, el de la mano... No, no ha sido por azar. Quiero que vea mi cara, se quien es y el sabe quien soy, eso es lo mejor, voy a matarlo mirándolo a los ojos, quiero que estos fríos ojos que ahora tengo por su culpa sea lo último que vea en su puta vida. El tío no deja de gemir y sollozar... joder, si solo le he reventado la mano... me decepciona. Guardo a Kristine y saco a Alice, mi querida mágnum del .44... Dejo que Alice le acaricie el otro brazo, justo en la articulación del codo. Ya no hay peligro, ahora es como uno de esos maniquís de los centros comerciales. Me pongo de cuclillas y le levanto su barbilla. Alineo mis ojos con los suyos y esbozo una sonrisa. Articulo una palabra con mis labios pero no surge ningún sonido... sus ojos se abren como platos al comprenderla. Ahora Alice va a besar su cuello, un dulce beso de muerte. Que considerado... no me ha salpicado... tardo unos segundos en separar a Alice de su cuello, a ella le gusta así. El humo asoma por su boca, abierta de par en par, como tratando de chillar, y por el agujero del cuello. Pienso que seguramente Alice es tremendamente feliz por ver sufrir a este cerdo. Eso es, todavía está vivo, tratando de no ahogarse en su propia sangre... Tose, escupe, tose... ya está, ya no tose ni escupe. He terminado.
Voy a ver a la pobre chica... quizá aún pueda salvarse... Lástima... demasiado tarde. Esos hijos de puta se lo han pasado en grande con ella, la han mutilado de manera horrible... pero yo tengo la solución. No, ninguna de mis armas matará a una pobre chica inocente, al borde de la muerte. Doy unos pasos, vuelvo a coger la escopeta de mi primera víctima. Ninguna de mis armas... me repito a mí mismo. Digo unas palabras de consuelo a la chica, con la voz más dulce y expiadora que se me ocurre. Descansa en paz.
Segunda parte del plan. La calefacción de este lugar va con gasóleo, estupendo. Cojo un bidón, lo abro y lo vuelco sobre el suelo de madera. Le doy una patada y rueda por la sala, empapándolo todo. Hago un reguero hasta el comienzo de la escalera. Subo a lo alto, cojo un zippo, lo enciendo y... lo lanzo. Rápidamente el fuego se extiende y no veo buena idea quedarme a mirar...
Salgo a la calle, miro el reloj... las siete y veinticinco... pienso que soy la hostia. Comienzo a correr calle arriba, vuelvo a casa a cenar algo, tanta acción me ha dado hambre.
Ha pasado un año... y aquí estoy de nuevo. Solo hay cascotes, runa y cenizas. Me siento sobre una chamuscada viga de madera. Dirijo mi mirada al cielo... Alice... amor mío... se que sonríes, se que te alegras de lo que he hecho... Kristine... no pude protegeros... lo siento.
Mis lágrimas caen sobre la ceniza.