jueves, 20 de octubre de 2005

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Son las siete de la tarde. El sol todavía está poniéndose en el horizonte... que buen preludio para los hechos que están a punto de acontecer... todo está bañado por un filtro rojo anaranjado.

El viento sopla con fuerza mientras me dirijo calle abajo. Los abedules que se levantan a ambos lados del camino se agitan y silban con fuerza, como un cántico espectral... un réquiem prematuro que despide todas las vidas que pienso segar esta noche. Sí... no hay palabra en mi idioma capaz de describir lo que sentiré cuando todo haya terminado, si alguno de ellos cree en el karma ya podrá estar satisfecho... la justicia cósmica tendrá hoy forma de hombre... sí, de hombre y de ametralladora...

He llegado al lugar... cuanto tiempo ha pasado desde la última vez. Siento un escalofrío que me recorre la columna y me eriza cada pelo de mi cuerpo. Tan solo la idea de intentar rememorar lo que pasó ya me llena de dolor... sí, dolor y ira... mucha ira.
Cerrada. Está cerrada. No importa... nunca he querido pillarlos por sorpresa. Acribillo a balas la cerradura de la puerta de madera, no me corto... ésta es mi manera de llamar al timbre... una manera que los anfitriones no encontrarán considerada.

¡Clack! He terminado el cargador... es un auténtico placer la cadencia con la que disparan estos cacharros... no importa, tengo una bolsa llena de cargadores. Abro la puerta de una patada, el marco se esportilla y lo poco que quedaba de cerradura salta hacia el fondo de la habitación. La luz del sol poniéndose ilumina tenuemente el hall de entrada. Polvo, cascotes y runa. Parece deshabitado pero... a mi no me engañarán... la fiesta está en el piso de abajo, en el sótano. Miro el reloj... las siete y cuarto. Perfecto, tengo unos quince minutos antes de que llegue la policía.... sonrío al recordar la enorme cantidad de balas que podría soltar mi querida amiga en quince largos minutos... no creo que lleve tantas balas.

Pasos... fuertes y nerviosos golpeando los roñosos escalones de madera que van desde el sótano al hall... mí primera víctima. Fíjate tu por dónde... esté primero va a sufrir, por ser el primero. Saco el cuchillo. No uno de esos cuchillos de mantequilla, pequeños y tristes... un auténtico cuchillo militar de veinte centímetros de largo, con sierra incluida que parece lucir una amplia sonrisa. Me coloco rápidamente detrás de la puerta... ¿será tan estúpido? La adrenalina enturbia el pensamiento... es mejor estar sereno, como yo.

En efecto. El gorila ha salido alegremente apuntando a la entrada, con una larga y pesada escopeta capaz de convertir una vaca en carne picada en pocos disparos. Nuevamente sonrío al corroborar la estupidez de estos tipos... Le asalto por detrás cortando con fuerza el interior del antebrazo que controla el gatillo... sin tendones en el brazo no hay peligro... Prosigo clavándole el cuchillo en el costado, bajo las costillas y en dirección hacia arriba... sin pulmón no puede respirar y si no puede respirar es un pececillo que se ahoga... ¿crees que soy cruel? Cuando el día acabe te contaré la historia sobre las cenizas de éste lugar y entonces te lo volveré a preguntar. Uno menos.


Continuará el 23 de Octubre
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